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Publicado el: Mie, Oct 17th, 2012

Con la mirada en la frontera.

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Por Deidamia García*

Hace pocos días tuvo lugar una reunión entre los Alcaldes de Bogotá y el municipio vecino de Soacha, la reunión  se llevo a cabo con la finalidad de  establecer  puntos comunes de trabajo, particularmente de la zona de frontera. Dentro de las conclusiones de la reunión, se contempla, la  de construir un colegio que pueda atender las necesidades de los niños, niñas y jóvenes de la zona, dar continuidad a las acciones de articulación en salud promovidas por el hospital Vista Hermosa, ubicado en la localidad de Ciudad Bolívar y la intención de trabajar por la construcción de un área metropolitana, tema de gran importancia  y que de consolidarse tendrá  pleno impacto sobre la calidad de vida de los habitantes de las dos ciudades.

La zona de frontera entre Bogotá y Soacha, ha sido muchas veces mencionada, relacionada en diferentes  y variados documentos que dan cuenta de la situación que viven las cientos de personas, víctimas del desplazamiento que en ella viven. Las organizaciones comunales, las universidades, las organizaciones no gubernamentales con trabajo en la zona, de manera importante han reclamado intervenciones profundas y estructurales que dignifiquen la vida de quienes han hecho de ese territorio de frontera, su lugar.

Mientras las intervenciones estatales han sido poco contundentes e intermitentes, barrios y sectores como el de Santa Viviana, en la localidad de ciudad bolívar o Caracolí en Soacha,   recibieron  la atención pero no del estado, sino de los grupos paramilitares, a través de la presencia del  bloque capital y el bloque centauros, responsables del orden y la autoridad territorial,  también de las vidas  de mujeres y jóvenes, sobre quienes ejercían control social  o a quienes reclutaban ofreciendo ingresos y beneficios que por la vía de la legalidad no podrían obtener. Una zona gris, la realidad invisible para las autoridades, que mientras tanto, discutían los límites de su intervención.  Con los procesos de desmovilización, algunas cosas cambiaron, pero la población  parece mantenerse en un punto visible a la pobreza, las bandas, las drogas y la violencia.

De allí entonces, que  proponer la consolidación del área metropolitana, exige retomar una visión del territorio vivo, el sentir y pensar de sus habitantes. De otra parte, no desde la retorica  de la articulación, asumir en serio, la realidad e implicaciones de la relación con un municipio como Soacha, de vocación industrial, con  profundas dificultades respecto de la cobertura y suficiencia de servicios públicos, en buena parte por su crecimiento desordenado, la ocupación sin la planificación suficiente y los consiguientes efectos en el acceso a servicios de educación, salud, cultura para el conjunto de la población, situaciones que también le son comunes a Bogotá en sus zonas limítrofes.

Es preciso asumir la postura política con claridad y contundencia, desde Bogotá y desde Soacha sobre los alcances de la integración regional y la gobernabilidad territorial en el marco de un área metropolitana. En busca de ese propósito, vale la pena, revisar experiencias que anteceden; los análisis  de ocupación territorial, la formación en desarrollo regional y la identificación de puntos compartidos hacia la construcción de un plan estratégico de  manejo del territorio, orientados por la mesa de Planificación Regional Bogotá-Cundinamarca.  Igual identificar aquellos elementos centrales como resultado  de los énfasis puestos por los diferentes gobiernos de la capital, de Soacha y del departamento de Cundinamarca y que dieron lugar a contemplar, el desarrollo de la ciudad región, la región central y  la región capital, según fuera el caso.

En algunos momentos se ha hablado de la anexión de Soacha a Bogotá, lo que implica  toda una transformación en materia de autonomía administrativa, pero que resulta inviable no por dichas implicaciones, sí por disputas del poder político y económico en el territorio. En otros, se ha dado lugar, a  la firma de acuerdos interinstitucionales, con miras al desarrollo de proyectos conjuntos, aunque se trata de un camino más sencillo y conocido, también es cierto, que los cambios  y  los impactos de lo acordado, no  han sido sustanciales.

Es posible que los temas ejes de la coordinación, se coloquen, se precisen responsables en medio de la coyuntura, pero la garantía de la calidad de vida de las personas de las zonas de frontera  y de  quienes viven en carne propia el desorden  de la relación entre la gran ciudad  y el municipio vecino, no es de coyuntura sino de una voluntad sostenida que se exprese en acciones  y recursos, lo que significa, darle vida a una relación  que se permita la discusión, construcción y operación de decisiones reales de ordenamiento territorial con efectos en lo demográfico, lo económico y lo social.

Pensar en un área metropolitana supone  un proceso profundo de coordinación y trabajo que permita la creación de un equilibrio urbano compartido, en el que a mi juicio, se ubican decisiones como la asumida por la administración de la capital, respecto de la forma en que se debe vender el agua a los municipios vecinos. La realidad de la frontera, exige determinación frente a la sostenibilidad, desconcentración del territorio y  fortalecimiento de las relaciones de cooperación productiva, entre Bogotá y Soacha.

 

Se requiere superar otras experiencias, ir hacia un proceso de planeación estratégica del territorio  que dialogue con la planeación sectorial, ubique las pequeñas y grandes iniciativas, ordene los actores, movilice transformaciones de orden normativo y procesos amplios de participación y apropiación ciudadana. Bogotá y Soacha, deben darle vida a una relación, en marcada dentro del ajuste de los planes de ordenamiento, que permita implementar una política integral en el área metropolitana con impactos en el desarrollo regional.

La obligación es romper la indiferencia frente a esa otra ciudad, un municipio en crecimiento desaforado y constante, cerca de 500 mil personas, 15 mil en la zona de frontera, quienes habitan el territorio, a veces sin reparar mucho en esa división político – administrativa, sintiéndose de ambos lados de la vía al sur o de ninguno. Un área metropolitana  en el marco de la no segregación, tiene el reto de plantear una manera de interpretar la vida de las personas, desde la complejidad que significa, ser sujetos de derechos en un territorio, marcado por la violencia y la exclusión, ejercida incluso por el propio Estado.

Es urgente, no solo proponerse el colegio y campañas de aseguramiento en salud, vacunación y atención, también definir tiempos y  metas que concreten el área metropolitana, como un área de protección de la vida, sostenibilidad ambiental, integración social y productiva, control sobre zonas de ocupación de riesgo, manejo efectivo de los residuos solidos, consolidación de un esquema metropolitano de movilidad y conexión regional que va más allá de resolver  lo relacionado con el funcionamiento y operación de trasmilenio.

Sí de verdad se tiene la mirada  en la frontera, no se puede ir en la idea de un área metropolitana sin repensar la estructura institucional y las herramientas de gestión  que la materialicen, un esquema de autoridad y organización, planificación participativa y ordenamiento del territorio con movilización social, implementación, coordinación y complementariedad de políticas sociales diferenciales. Sí se tiene la mirada en la frontera, es posible, que podamos ver  y  hacer  visibles, las oportunidades de  un desarrollo más humano.

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* Licenciada en Psicología y Pedagogía. Especialista en Gerencia Educativa, Especialista en Gobierno y Políticas públicas, Gerencia  y Gobernabilidad Política. Ha ejercido diversos cargos y responsabilidades  públicas relacionadas con la gobernabilidad local, la implementación de políticas  sociales de reconocimiento y redistribución, proyectos y estrategias de participación, movilización social y reconocimiento de la diversidad.   @Deidamiapiensa

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