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Publicado el: Jue, Oct 3rd, 2013

Ciudad y decrecimiento: los retos ecológicos de la urbe del siglo XXI


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foto-alcaldia-bogota2012-coApartes de un interesante documento escrito por: Florent Marcellesi, Coordinador de Ecopolítica 

Atrevámonos a soñar con una ciudad social y ecológicamente justa. Atrevámonos a construir una ciudad donde somos capaces de vivir bien y de ser felices dentro de los límites ecológicos del Planeta y de forma democrática y solidaria.

Ciudades y modernidad industrial

La revolución industrial ha reconfigurado profundamente la estructura territorial y social de las sociedades llamadas modernas. Mientras que en 1800 vivían en áreas urbanas, principalmente en Europa occidental, solo 30 millones de los mil millones de personas que habitaban el planeta, hoy en día por primera vez la población urbana a nivel mundial supera la población rural.

El 50% de la población del planeta, es decir aproximadamente 3500 millones de personas, residen en áreas urbanas, apuntando —si siguen las tendencias actuales— a una población urbana de 5 mil millones en ciudades de cara a 2030 y más del 80% en 2050.

Este fenómeno provocado por el crecimiento demográfico muy rápido y un éxodo urbano, en gran parte forzado, del campesinado para alimentar a las industrias con mano de obra, han convertido las ciudades en nexos fundamentales de la globalización liberal y productivista. (…).

Por supuesto, esta estructuración centrada en ciudades como pulmones socio-económicos dentro de una red mundial interconectada y en constante competición tiene un precio ecológico. La Agencia Internacional de la Energía (GEI) (2008) estima que en 2006 las ciudades consumieron el 67% de la energía primaria mundial y fueron responsables del 71% de las emisiones de gases a efecto invernadero relacionados con los combustibles fósiles.

Si sigue su camino el proceso actual de urbanización, la AIE alerta el inevitable aumento de consumo energético y emisiones de gases de efecto invernadero (más del 70% para ambos en 2030). Sin embargo, esta tendencia es simplemente incompatible con la realidad energética y climática. Hemos llegado al techo del petróleo y hemos superado la capacidad de absorción de GEI por parte de la atmósfera.

Para garantizar la supervivencia civilizada de la humanidad, es urgente cambiar de modelo global y, dada su importancia estratégica, cambiar de raíz nuestra concepción de las urbes, puesto que ellas son a la vez el reflejo de este modelo socio-económico y un sujeto activo del cambio global.

Huella ecológica urbana, límites del planeta y desarrollo humano

La huella ecológica permite evaluar el impacto de una sociedad, un país, una región o una persona sobre el medio ambiente y se define como “la capacidad de los ecosistemas para producir materiales biológicos útiles y absorber los residuos generados por los seres humanos” (Ewing et al, 2008). Obtenemos dos posibles escenarios: un “déficit ecológico” (cuando la  huella ecológica es superior a la capacidad de carga) y la “autosuficiencia” (cuando la huella ecológica es inferior a la capacidad de carga).

Según el Observatorio de la Sostenibilidad en España (2010), la huella ecológica en Bilbao es, de media, de 6,27 hectáreas globales por habitante, mientras que su biocapacidad es de 1,80 hectáreas globales por habitante. Por tanto, significa que Bilbao tiene un déficit ecológico de 4,47 hectáreas globales por habitante.

Dicho de otra manera, ¡la villa utiliza recursos equivalentes a más de 100 veces su superficie! El OSE apunta que, además, “a nivel provincial el comportamiento redunda en el comportamiento deficitario puesto que el territorio de Bizkaia consume recursos equivalentes a 30,20 veces su superficie”. Si estimamos también el momento en que se agotarían los recursos en el horizonte de un año (es decir la biocapacidad disponible) según el estilo de vida y población, Bilbao no duraría más de 1 semana, Bizkaia 1 mes y el conjunto de Euskadi mes y medio…

Al mismo tiempo, Bilbao tiene un Índice de Desarrollo Humano (IDH) de 0,92. Según interpretaciones de Naciones Unidas, eso significa que la villa tiene un desarrollo humano elevado (> 0,8), en base a tres factores básicos que son el poder adquisitivo, la educación y la salud. Cruzando ambos indicadores, el IDH y la Huella ecológica, constatamos que Bilbao se aleja considerablemente del “cajón de sostenibilidad”, este doble reto que se plantea a cualquier territorio: alcanzar altos niveles de desarrollo humano (> 0,8) dentro de los límites ecológicos del planeta (< 1,8 hectáreas globales).

Bilbao reproduce a pequeña escala el modelo de injusticia ambiental entre países del Norte y países del Sur: alcanza altos niveles de desarrollo humano en base a la explotación de espacios ambientales (y de mano de obra) de otras partes del mundo, principalmente de los países del Sur, impidiendo a su vez que aquellos puedan optar a utilizar parte de estos recursos naturales para su propio beneficio.

Esta conclusión se puede extender en gran medida a todo el territorio español. En el Estado, la huella media de las ciudades es de 5.1 hag/hab, lo cual se reparte en un 67,3% para la absorción de CO2, un 32,1% para los cultivos, pastos, bosques y pesquerías y un 0,6% para terreno construido.

Además, el análisis conjunto de los indicadores realizado por el OSE indica que las capitales de provincia se caracterizan por presentar niveles de desarrollo humano aceptables (con un IDH por encima de 0,8) y a la vez con una huella ecológica muy por encima de 1.8 hg/hab. lo que las cataloga como territorios con un déficit ambiental significativo. Además, Barcelona, Bilbao, Madrid, Málaga, Murcia, Sevilla, Valencia y Zaragoza son las ciudades que mayor huella ecológica presentan, lo que muestra la relación directa entre las ciudades con mayor huella ecológica y dos factores centrales: la población que albergan y el nivel de riqueza (material y económico).

Esta senda es totalmente insolidaria e insostenible. Basándonos en cifras del Informe Global España 2020/50 (2009), si seguimos las tendencias estructurales y culturales imperantes en los últimos años, la huella ecológica urbana crecerá un 47% en 2020 y 117% en 2050… Incluso si aplicamos un escenario de mejoras urbanísticas, pero que no sea capaz de influir drásticamente sobre los patrones de consumo, supondría en 2020 una huella ecológica de 7% por encima de los valores de 2005, pudiendo llegar a un 19% en 2050.

Hacia una ciudad del buen vivir

Ante este panorama inquietante y siempre y desde una visión de justicia social y ambiental a nivel local y global, no nos queda otro remedio que iniciar la transición “de la ciudad de la expansión ilimitada a la ciudad adaptada a los límites de biocapacidad global” (Informe Global España 2020/2050, 2009: p.30). (…)

Para construir esta ciudad donde somos capaces de vivir bien, de ser felices y autónomos dentro de los límites ecológicos del Planeta y de forma democrática y solidaria, primero son necesarios fijar unos principios de base:

  • Principio de (auto)suficiencia: se trata de responder y definir de forma democrática a preguntas básicas e interrelacionadas para la (buena) vida de una comunidad con los recursos naturales disponibles: ¿Cuánto es suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas, tanto colectivas como personales, y garantizar la autonomía individual y la solidaridad? ¿Cuánto es posible según la biocapacidad real de nuestro territorio?
  • Principio de “biomímesis”: significa que una ciudad, al igual que el campo, y el conjunto de sus componentes tendría que actuar imitando la naturaleza. En palabras de Jorge Riechmann, la economía de la naturaleza es “cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diferentes manifestaciones. (…) Cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran”.
  • Principio de ecoeficiencia: expone la necesidad de utilizar menos recursos y generar menos impactos por unidad de producto. (…)
  • Principio de rentabilidad social y ecológica: las personas y la tierra están en el centro de las atenciones. La ciudad no es una megainfraestructura deshumanizada que pone a sus habitantes a su servicio sino, al contrario, es una herramienta al servicio de sus habitantes para que puedan alcanzar bienestar de forma sostenible.
  • Principio de democracia: (…)  Definir procesos o herramientas democráticos que permitan hacer realidad la democracia de la autolimitación y la autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción es un eje transversal de la ciudad del siglo XXI.

En la práctica, estos cinco principios pueden declinarse a través de algunas ideas clave, no exhaustivas, pero que marcan la orientación de una ciudad sostenible y que, por ejemplo, encontramos de una forma u otra en diferentes iniciativas como las “ciudades en transición”, las “Slow City” o las “ciudades de lo/as niño/as”:

  • Adecuar la ciudad y su territorio a su biocapacidad: cada ciudad, o mejor dicho comarca, tiene el deber de evaluar la capacidad de carga de su territorio en el que se asienta y tener esta realidad ecológica como horizonte y referencia para la reorientación de su organización socio-económica. (…)
  • Parar el crecimiento de las ciudades: (…). Es preciso poner fin a la expansión urbana y tener un plan de contención de la urbanización y la artificialización del suelo. (…). Al mismo tiempo, también es preciso poner fin a la construcción de grandes infraestructuras de transporte que conllevan el “sprawl” urbano, el uso intenso de energía fósil o del coche. (…)
  • Reciclar y revalorizar las ciudades existentes: la prioridad se encuentra por tanto en reciclar lo existente. (…). No existe necesidad de construir más sino de repartir mejor el stock de viviendas actuales, sin aumentar la presión sobre el suelo y además haciendo efectivo el derecho a la vivienda para todas y todos. Por otro lado, ante la crisis ecológica, la rehabilitación se sitúa como un eje prioritario hacia los objetivos de reducción de la huella ecológica, puesto que la mejora de los edificios (aislamiento, recuperación de aguas, calefacción térmica, etc.) puede permitir grandes reducciones del consumo energético y de la emisión de CO2. Además, es una fuente de empleo (…).
  • Relocalizar las actividades: dentro de una transición ordenada hacia la sostenibilidad, es preciso construir un modelo económico donde primen las distancias cortas, es decir donde produzcamos localmente lo que consumimos localmente: huertos urbanos (…) o ruralización de la ciudad, descentralización de la producción de energía renovables (…), puesta en marcha de monedas locales que favorecen el comercio de cercanía (es decir, el peatón y la bici), cooperativas o grupos de consumo que relacionen sin intermediarios personas productoras y consumidoras a nivel local (es decir independientes de grandes infraestructuras y plataformas logísticas y de transporte altamente energívoras) y privilegien un modo de vida ecológico.
  • Favorecer una movilidad sostenible: como objetivo, el informe Global se marca para 2020 volver a niveles de 0,4 turismos/habitantes y en 2050 reducir esta variable en la mitad. Significa entre otras cosas alcanzar un reparto modal del 10% para el coche, 30% para el transporte colectivo y 60% para el peatón y la bici. De forma combinada con las demás propuestas, se trata de concentrar poco a poco la movilidad doméstica en un radio que permita los desplazamientos a pie (radio de 1km) y en bici (radio de 3 km) y la movilidad profesional en un radio adaptado a los transportes colectivos (5 km). Supone a su vez construir ciudades policéntricas, donde superamos por fin el urbanismo funcionalista (que separa por sus funciones las diferentes zonas de la ciudad entre zonas comerciales, zonas dormitorios, zonas de actividades económica, zonas de ocio y que requiere el coche como elemento vertebrador) y apostamos por la mezcla de actividades y usos en nuestros barrios.
  • Reequilibrar ciudad y campo: según varias hipótesis, se necesitaría en torno a un 30% más de trabajo si se pasara de la agricultura industrial a una agricultura mayoritariamente ecológica. (…). Esto supone por un lado fomentar la reconversión de tierras hoy dedicadas al monocultivo (como puede ser el agroforestal y el negocio del pino-eucalipto-papeleras) en tierras cultivables. Por otro lado, además de ser una fuente de empleo importante, implica revalorizar también el trabajo en el campo y el papel del campesinado en nuestra sociedad, y plantear un reequilibrio progresivo del reparto de población entre campo y ciudad.
  • Democratizar la ciudad: el tamaño desmedido de las ciudades aleja considerablemente la ciudadanía de los ámbitos de decisión. De hecho, Fitopopulos, filósofo e impulsor de la iniciativa Democracia Inclusiva, propone (re)construir núcleos urbanos de un máximo de 30.000 habitantes (al igual que en las ciudades griegas antiguas) para permitir una democracia real. (…)
  • Cambiar de valores y de mentalidad: tan crucial como el diseño urbanístico o el equipamiento de las viviendas es la gente que vive en ellas. No habrá disminución radical de la huella ecológica sin un cambio estructural, de mentalidad y de hábitos de consumo.

 Leer artículo completo en la fuente:

http://florentmarcellesi.wordpress.com/2013/09/24/ciudad-y-decrecimiento-los-retos-ecologicos-de-la-urbe-del-siglo-xxi/

 

 

 

 

 

 

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