Publicado el: Sab, Ago 25th, 2012

Chavela, la chamana rebelde

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Guillermo Segovia Mora

“Hay que llenar el planeta de violines y guitarras en lugar de tanta metralla”.

La vida de Isabel Vargas Lizano, ¡Ay, Chavela!, no parece de  este mundo. Sus padres no la quisieron por ser una hembra “rara” y por eso ella tampoco los quiso. Le gustaban las mujeres, lo reconoció en su autobiografía Y si quieren saber de mi pasado: “Lo que duele no es ser homosexual sino que  lo traten a uno como una peste”.  Siendo niña, medio ciega y con poliomielitis, casi le queman los ojos con nitrato, de lo que la salvó un chamán y de ahí su afecto por los indios. Adolescente, dejó su patria “tica” y se fue para México a sobrevivir como sirvienta y cantante callejera. Tanta amargura y desventura tenían que darle voz al dolor y al sentimiento. Se metió en cosas de machos y salió ganando. Le quitó el mariachi a la ranchera para que las cuerdas entristecidas de la guitarra y su manera única de cantar crearan un estilo sin par. “Ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues”, ilustró Carlos Monsivais. Se puso pantalones cuando no era bien visto, llevaba pistola al cinto, montaba caballo en pelo, humaba tabaco y bebía tequila como solo se bebe en Jalisco. En la parranda conoció y amó a su mentor  José Alfredo Jiménez, apadrinó a Pepe Jara e interpretó a Tomás Méndez, Cuco Sánchez, Álvaro Carrillo y Agustín Lara. Cuentan que con Jorge Negrete -quien no le auguró futuro en el canto- y el gran José Alfredo, pasados de copas, a caballo levantaban polvaredas y disparando pistolones hacían tronar  el firmamento azteca.

A mitad del siglo pasado, su cantar se conoció  en Acapulco. Se abrió las puertas de la gran sociedad al tiempo que disfrutaba con pasión el arte. Conoció a Neruda, a Guillén, a Rulfo, a Picasso y a Dalí. Fue consentida en casa  de Diego Rivera y Frida Kalho, de quien reconoció haberse enamorado, y allí trató a Leon Trotsky. Dejaba especular sobre sus encuentros con Grace Kelly, la mujer del Sha de Irán y la actriz Ava Gardner, o sobre su presencia en una de las bodas de Liz Taylor. Le cantó sus íntimos deseos  a Macorina, esa bella mezcla de china y mulata que, según ella, solo se da en Cuba -donde estuvo al clarear la Revolución-, a la que le prometió llevársela para el monte y le cantó “ponme la mano aquí”, en una composición de Alfonso Camin sobre una tonada guerrera, que es todo un himno lésbico en el ambiente un poco menos patriarcal, machista y timorato de hoy. La indígena María Tepozteca también fue motivo de sus versos sensuales.  Lo mejor de una  noche de parranda  es despertar con una mujer, decía, recordando a la Gardner.

Apenas en 1961, a los 42 años, con el Cuarteto Lara Forrester, puso en el acetato sus versiones viscerales de rancheras y boleros con los que animaba la noche en la Plaza Garibaldi,   en Mi Tenampa -donde las botellas se le escondían- y otros antros populares de la capital y de la provincia mexicana, en las juergas inacabables con El rey José Alfredo y sus compinches, mientras bogaba tequila, que calculó en cuarenta y cinco mil botellas, hasta que alcoholizada y con la boca seca, sobreponiendo la vida al elixir de la juma dijo ni una más, con el último trago nos vamos, mientras se convertía en un icono en Hispanoamérica. Sus versiones inigualables de temas sentidos a desalientos, desilusiones y desamores, acompañada en la guitarra por Antonio Bribiescas, eran repertorio obligado en noches de bohemia y cantinas, en medio de copas, consintiendo amarguras y el dolor de las traiciones: Sombras, Soledad, Toda una vida, Piensa en mí, Amanecí en tus brazos, Nosotros,  La noche de mi mal, Un mundo raro, Las ciudades, Encadenados, Vámonos, Cruz de Olvido, El andariego, Luz de luna, Flor de azalea, La llorona, entre muchas, y el bambuco de José A. Morales “Señora Doña Rosario déme otro trago, que el primer aguardiente me supo a gloria”. Colombianos ilustres, como Alfonso López Michelsen y Augusto Ramírez Ocampo, también la admiraron

Sus excesos, borracheras y liberalidades, como coquetear en público a las mujeres, estrellar coches y motos porque sí y  mirar un eclipse en paracaídas, delante de tanto macho machote, le fueron cerrando las puertas. Pero la rebeldía de Chavela Vargas iba más allá de las  estridencias y las provocaciones. Se hizo sentir cantando corridos de la Revolución Mexicana a Juan Charrasqueado, Heraclio Bernal, Gabino Barrera, Anselma Guzmán, Rogaciano y Lucio Vásquez. Sus versiones de Los ejes de mi carreta del argentino  Yupanqui y Lamento Borincano del boricua Rafael Hernández, estremecen. Las carencias de muchos años y el entorno político, social y cultural que la acogió le dieron bases para asumir posiciones críticas, de solidaridad con los pobres y de simpatía con sus luchas. Como gran artista supo recoger en su repertorio temas de gran calado social, autoría de destacados poetas y compositores latinoamericanos.

A mediados de los 70, Orfeón, casa disquera mexicana, prensó un Lp. con 12 temas que es una verdadera joya: La Original, acompañada por Antonio Bribiescas, que también circuló como  Poema 20, en el que En un rincón del alma reemplaza a Volver volver. En él, declama y canta al chileno Neruda, Juan Ramón Cantaliso del cubano  Nicolás Guillén, Cruz de Luz (Camilo Torres) del uruguayo  Daniel Viglietti, Vidala del nombrador de Jaime Dávalos, No soy de aquí ni soy de allá Facundo Cabral -como se extrañan sus versos-, Las preguntitas a Dios de Atahualpa Yupanqui, Canción para un niño en la calle, de Armando Tejada y Ángel Ritro, antes cantada por Mercedes Sosa, En un rincón del alma de Alberto Cortés y Así de Sandro, todos éstos últimos argentinos, y las rancheras Hay unos ojos, Oh gran Dios y Morena de ojos negros. Luego grabó, desde el fondo del alma: Gracias a la vida de la chilena Violeta Parra, El Cristo de Palacahuina del nicaragüense Carlos Mejía Godoy y su favorita: La canción de las simples cosas, letra de Armando Tejada y música de Cesar Isella, argentinos. Nada extraño entonces, que durante las  terribles guerras en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, mientras combatían contra regímenes oprobiosos, en las noches, en los campamentos de las montañas, “los muchachos” escucharan y cantaran a Chavela.

De repente, sin que se notara, ignorada y orillada, desapareció. Mercedes Sosa “La Negra” – otra ausencia presente- creyéndola muerta solicitó que le llevaran flores a su tumba. Ebria y errante dicen que pidió limosna en Morelos hasta que unos indígenas la acogieron, reanimaron y salvaron del cáncer. De su reciedumbre de piedra y sangre nativa surgió La Chamana, como la reconocieron los huicholes. Repuesta del trance, auténtica, madura, franca e irreverente, con más de 70 años a cuestas, al despuntar la última década del siglo XX, volvió a cantar en El Habito en Coyoacán, de donde un admirador español empecinado la sacó para llevarla a dar un concierto de regreso en Sevilla y desde entonces España se puso a sus pies, como toda Latinoamérica y los grandes escenarios del mundo.

El cineasta Pedro Almodóvar, que no perdió nunca la esperanza de encontrar a quien consideraba universal, junto con “Bola” de Nieve y Edith Piaff, la  hizo voz infaltable de sus películas; Warner Herzog, la invitó a actuar en Grito de piedra en la Patagonia, el cineasta mejicano Alejandro González incluyó su versión de Tu me acostumbraste en Babel, Julie Taymor la inmortalizó en Frida, aparición de la parca susurrando La Llorona y Paloma negra; con sus canciones animó un monólogo teatral sobre la pintora, Joaquín Sabina le compuso una gran canción para decir que las amarguras no son amarguras cuando las canta Chavela, Carlos Fuentes -quien fuera su paciente vecino- y Carlos Monsivais,  la honraron como figura de la cultura mexicana. Para Monsivais, “Con guitarra, calzón de manta, jorongo y huaraches, se atavía de esa mexicanidad que se escapa del disfraz y en Chavela se vuelve leyenda”. Hizo amistad, entre tantos,  con Isabel Preysler,  Miguel Poveda, Ana Belén, Diego “El Cigala”, Eugenia León, Martirio, Lila Dawns, Tania Libertad y Salma Hayek y cantó a duo con varios de ellos.

Volvió a grabar temas privilegiados con arreglos impecables para su voz y guitarras, ahora en formato cd. Los títulos Piensa en mí, Macorina, Chavela Vargas, Somos, Volver volver, La Llorona y el lujoso volumen En el Carnegie Hall, con bellos textos de Carlos Monsivais y reproducciones de fotofija de Chavela en la película Frida,  se agotaron, como los  más de 30 Lps. en vinilo grabados en su accidentada carrera artística.  La excepcional interpretación desgarrada, felina, aguardentosa, sentida, cómplice, con acentos finales lúgubres, con que regresó a poner su sello, que incluía un vistoso poncho rojinegro, el cabello plateado corto, gafas oscuras y los brazos abiertos, imágenes de afirmación homosexual y trascendencia, se disfruta en un video grabado en 1992 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en un recital privado, íntimo y magistral.

Ese goce se vivió en grande en los conciertos que prosiguieron con un público extasiado estallando en  ovaciones en el Olimpia de Paris, en Bonn con sinfónica, en el Carnegie Hall de New York, presentada por una emocionada Salma Hayek; en el esquivo Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, en Corferias de Bogotá, como evento central del Festival Internacional de Teatro en 2004, invitada por Fanny Mickey, y en toda Latinoamérica. Su empatía con el público era total, fruto de su forma de cantar y de un magnetismo tal que explicaba en que era “medio bruja”.  Discreta pero magistralmente la acompañaron en las guitarras, cómplices de su voz, Luis Manuel Guarneros Marcué, el guitarrista mexicano del trovador uruguayo Alfredo Zitarrosa, al inicio,  y Juan Allende y Miguel Peña en la última época.

En 2007, con el auspicio de la Universidad de Guadalajara, pudo hacer realidad un sueño: grabar música popular en escenarios de las culturas precolombinas  aprovechando  sonidos naturales. Con la producción del prestigioso etnomúsico Jorge Reyes, quien falleció 2 años después, la idea original se convirtió en una fusión en la que Chavela interpreta boleros, rancheras, de ella (María Tepozteca, Macorina, La despedida) José Alfredo Jiménez (Las ciudades, Un mundo raro),  temas tradicionales, y  Canción de las Simples Cosas -la que quería oír antes de morir-, con el fondo de instrumentos como flautas prehispánicas, piedras, palo de lluvia, silbatos, teponaztlis, caparazones de tortuga, caracoles marinos, tambores tarahumara, cántaros, timbales de barro y las imprescindibles guitarras. Para Reyes, el ritual de la grabación, el tono de la voz de Chavela, los ambientes y sonidos y la canción  La despedida, presagiaban el adiós de la cantante. Pero él se fue primero. El trabajo fue titulado Cupaima, que en la lengua de los huicholes de Jalisco y Nayarid significa amiga o la “la última chamana del pueblo”, como la bautizó un chamán en San Luis de Potosí.

Ese apego a lo propio, que se acentuó con los años, estaba muy bien fundamentado. Consultada por el Consejo Nacional para la Cultural y las Artes (Conaculta) de México, fue claro su criterio frente a la globalización y la homogeneización de las culturas que conlleva esta modernidad vacía, “Es un fenómeno que he visto en muchos lugares donde los jóvenes ya no quieren ser mexicanos, peruanos, colombianos, dominicanos, venezolanos, sino gringos de segunda. Eso es algo muy triste, a veces cambian sus artesanías locales, sus canciones locales, su gastronomía local, por música en inglés, hamburguesas, chácharas de moda”, afirmó y enfatizó “La verdad siento que el estandarizar así la cultura de los pueblos es como obligar a que todos usen una misma máscara, pero además es una máscara incómoda y cara, que hay que pagarla todos los días con tarjeta de crédito”. Consecuente con esto, conocedora de que las ciudades destruyen las costumbres, consciente del significado de su obra, rechazó el premio Grammy a Cupaima. “No me  he vendido nunca”.

Reivindicó nuestras culturas y nuestras músicas como antídoto y salvavidas: “Sí, muchos de esos muchachos se pueden entretener un rato con esa música en inglés que a mí me parece toda igualita, pero al final en lo latino, en lo iberoamericano hay esa parte que se llama el duende, ese hechizo que nos llama con voces ancestrales por lo que conocimos en la cuna, por las tortillitas que nos comimos de niños, por los frutos que bajábamos de nuestros árboles y que no existen en ningún otro lado, todo eso provoca que regresemos a nuestra propia música, porque nuestro ritmo de vida es distinto”.

Sus 90 años fueron celebrados con reconocimientos, homenajes, festejos, entrevistas y exaltaciones. Más allá del bien y del mal, cumplió otro deseo: grabar sus temas más queridos a dúo con algunos de sus mejores amigos en el CD. Por mi culpa: Sabina, la “Negra” Chagra, Inc. Martín, Eugenia León, Jimena Gimenez, Mario Ávila y Lila Dawns, a quien varias veces honró como su sucesora. Con Marta Cortina realizó un segundo libro con entrevistas sobre su vida. Tuvo reconocimientos de entidades académicas y culturales de México, España, Alemania y otros países. Con una vitalidad y voluntad asombrosas siguió alternando conciertos con estadías en Tepoztlán, Morelos, donde ubicó su residencia para descansar e inspirarse hablando con el cerro Chilché. Vivía modestamente haciendo suya la máxima de José Alfredo de que habiendo ganado dinero para comprase un mundo más bonito, “Yo lo aviento porque quiero morirme como muere mi pueblo”.

Desde allí concretó otra de sus ilusiones: hacerle un homenaje a Federico García Lorca, a quien volvió en su retornó del 92 a Madrid, en la  Residencia de Estudiantes, donde ocupara el cuarto que alguna vez habitó el poeta y conoció y trabó grata amistad con la sobrina de éste. Chavela leyó y admiró desde joven la poesía de Federico García Lorca y su vena romántica, humana y subversiva. Ella también fue víctima del oscurantismo franquista que prohibió sus temas por inmorales. Este nuevo reto a su iniciativa incansable se pudo escuchar en Abril de 2012 en México y España, presentado en sendos conciertos con la participación de Eugenia León, Martirio y Miguel Poveda, en los que a la vez celebró sus 93 años, y en un hermoso libro cd. con textos del poeta, su sobrina y Miguel Ávila e ilustraciones del propio García Lorca. Acompañada por las guitarras de Allende y Peña, con las melodías de sus más queridas canciones al fondo, Chavela declama a Federico y le dedica algunos versos suyos, en un encuentro fantástico.

En este último esfuerzo se le fue la vida y lo hizo con conocimiento de causa: “No soy rica, no me llevaré nada cuando me muera así que vámonos riendo y no te rompas mecate, que este es el último jalón”, dijo al despedirse para ir por última vez a Madrid. De los lamentos, tragos y harapos, a las ovaciones, las nostalgias y la gloria. Vino de allá, de un mundo raro. Vivió como debe ser: como se le dio la gana, y tenía claro para qué: “nuestra única misión aquí, a final de cuentas, al final de todos los caminos, es venir a conocer el amor… y si la vida es generosa, llevarnos con nosotros un poquito de comprensión acerca de lo que es”.

El 5 de Agosto de 2012, cumplió: “Me voy. Les dejo de herencia mi libertad, que es lo más preciado del ser humano”. Su cuerpo inerte fue homenajeado por el pueblo y los artistas en la Plaza Garibaldi y el Palacio de Bellas Artes. No pasó por la iglesia. Sus cenizas se tiraron al viento en su amigo el cerro Tepozteco. Una pléyade de artistas iberoamericanos jóvenes realizó el tributo La Chamana, con 42 de sus temas en versiones de hoy, que no alcanzó a disfrutar. Se descarga gratis por miles de la web y el 1 de Septiembre de 2012 se presenta en concierto de homenaje póstumo en su Tepoztlán querido. Tras su deceso se la considera la más grande cantante popular latinoamericana  del siglo XX. “Yo no me voy a morir porque soy una chamana y nosotros no nos morimos, nosotros trascendemos”. Hay Chavela para siempre.

 

Foto tomada de https://www.facebook.com/photo.php?fbid=511428498873209&set=a.218600791489316.66904.197625136920215&type=1&theater

 

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