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Publicado el: Dom, Mar 17th, 2013

Carta a JULIO CORTÁZAR

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Cortazar-retamarPor Marco Mejía T

En las líneas divisorias de Rayuela, antes del salto sobre ningún cielo, sobre ningún infierno. Ciudad de la Eterna Primavera, 12 de febrero de 201
Admirado Cortázar

Hace 45 años escribió usted, desde Saigón, una carta dirigida al poeta cubano Roberto Fernández Retamar, (*) residente en La Habana. En ella anuncia, desde las primeras líneas, abordar la situación del intelectual latinoamericano contemporáneo, en un momento histórico de grandes expectativas en nuestro continente americano y de profundas crisis a nivel mundial. A la puerta estaban gestándose necesarias trasformaciones que afectarían el alma colectiva de la época, cambios unos que liberaron el espíritu, cambios otros que tensionaron los dominios geopolíticos y levantaron muros invisibles detrás de los cuales se atrincheraron dos visiones del mundo -cual más, cual menos- posicionando armas que, no obstante su intangibilidad, amenazaban la paz mundial bajo la soterrada nominación de la guerra fría.

Vistos en retrospectiva aquellos acontecimientos y ante la insospechada desaparición de la cortina de hierro, el panorama global no es menos inquietante y en esa su y nuestra América latina, sus reflexiones sobre el papel del intelectual se renuevan en una nueva figura con la cual ahora reaparece: la del nuevo humanista, ese mediador e intérprete de nuestros imaginarios, lejos ya de su pedestal inalcanzable como intelectual y puesto, hombro a hombro, con quienes actúan en los parajes de la creación, en las dimensiones de la poética y en los compromisos estéticos que llevan a situar las utopías en los mismos senderos del desarrollo cultural.

No sé si a éstas alturas repetiría su reflejo muscular de “levantar los hombros hasta las orejas” al escuchar las palabras “intelectual” y “latinoamericano”. Es posible, puesto que sus alcances y definiciones llevan a discusiones que se enredan en hilos demasiado frágiles y resisten poco, por lo que sobre el piso quedan nudos sin desatar. El intelectual -y lo intelectual- alude a una representatividad que se destacó en circunstancias coyunturales en los años sesenta; su voz se hacía escuchar y era oída con especial expectación entre las multitudes de jóvenes que despertaban de la cargazón engañosa de las posguerra y se burlaban de ese tono de felicidad tardía contenida en las películas norte-americanas. Nada de ese paraíso de estudio era creíble y menos cuando algo tan doloroso como la imagen de aquella fotografía: una niña desnuda lanzada al primer plano de la cámara, huyendo del bombardeo de Napalm que consume su aldea, mostró lo nunca dicho sobre la guerra. Tal visión desnudó la realidad escondida en las poses de sonrisa amable de la diplomacia mundial. Por la fecha de su carta a Retamar, se estaba a medio camino entre las evidencias de lo que mostraba ya grandes transformaciones y de los indicios de lo que se avecinaba. La suma de lo uno y de lo otro marcaba el inicio de muchas cosas que pusieron a temblar los artificios del orden establecido. Numerosos hechos se desencadenaron legando el vértigo de sucesos que, imparables, cambiaron y siguen cambiando el panorama internacional. El pensamiento filosófico y el análisis sociológico se empeñaron en desenmascarar las trampas de la democracia; la libertad, clamó Sartre, no era nada más que un contenido de la retórica y así lo siente el atormentado protagonista de La Náusea y habitante vehemente de Bouville -la imaginaria ciudad del desencanto- Antoine Roquentin, quien resume todo su inquirir al preguntarse si la libertad está más bien quizás en lo que no sucede, en la nada, en la muerte; parajes que, por desconocidos, albergan esperanzas más allá de nuestro choque con la desilusión social. Y surge el dilema: conciencia de la nada ó nueva conciencia del ser. El no suceso o el precipitar los sucesos, la incidencia en los acontecimientos tal cómo clamaron las voces que se tomaron las calles en la medianoche de los años sesenta.

El espíritu de la época exigía una conciencia social que no tardó en regarse a lo largo y ancho del planeta y en pocos años, otras voces, entre ellas las de los escritores latinoamericanos, reclamaban una trasformación social que puso a sonar la revolución como un propósito en algunas naciones del por entonces llamado “tercer mundo”, influenciados por la revolución cubana que incomodaba como astilla en el ojo y era piedra en el zapato para el control de la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina. Mayo del 68, puso en la tribuna la fuerza juvenil y los movimientos estudiantiles, y más allá de la efímera rabia de los disturbios, mostró lo que podían lograr las armas del pensamiento y de la imaginación.

La música rock, nutrida de las hondonadas legendarias de los silencios y los gritos contenidos del blues y el jazz, rompió los esquemas culturales del buen comportamiento y sacudió con sus letras y ritmos el letargo creativo; Woodstock propuso una postura de vida, un modo de ser que convocaba una práctica de la libertad individual y una elección de existencia desprendida de la ilusión del consumo. Lo popular entró a vitalizar las concepciones artísticas, que desacralizaron la gran obra – los íconos culturales mediáticos rodaban burlonamente para convencer al ciudadano de a pie que podía hacerle muecas ala sonrisa de la Gioconda ó chutar su imagen impresa en un balón de futbol-. Se abrió así la puerta a una apropiación de la cultura cuya comprensión, la puso en una relevancia tal, que suscitó la inclusión de las políticas culturales en las agendas públicas y en los objetivos de desarrollo nacionales e internacionales.

Muy cerca estaba usted de ésta eclosión que bien supo saludar con ese entusiasmo de temprana esperanza; le motivó ésta para abrir y mantener la discusión y la reflexión sobre la responsabilidad que tales cambios le reclamaban a los intelectuales y usted quiso entenderse como tal. Su colega Regis Debray, se metió en la búsqueda de las huellas del Che Guevara, vuelto a la lucha en las espesuras bolivianas para intentar hacer comprensible su visión humanista de la revolución “El Che sobreviviendo cada día un poco más a su última aventura, como si el mismo fuera todavía más grande que ese proyecto frustrado, en el que estuvo sin embargo por entero.” No sólo las páginas de Debray, sino las de muchos escritores y periodistas, se encargaron de mitificar al hombre que, por su formación académica y el sacrificio que truncó su sueño de liberación, se erigió como el modelo del intelectual comprometido.

La figura del intelectual humanista, preocupado por los desenlaces históricos en el despuntar de los años setenta, forjó una cierta apreciación romántica y peligrosamente heroica, en especial porque muchos tomaron la vocería de los humanos en un ambiente de represión -inicialmente en tras escena- en el cual las estrategias de protección y defensa de la seguridad, llevaron a la impudicia de las dictaduras militares. La cultura o lo que se entendía como cultura se volvió peligrosa y se identificaba en ella un velo de las ideologías de izquierda. El desconcierto que produjo la fotografía de Gabriel García Márquez con Fidel Castro, sumado al ir y al venir de escritores – se le vio a usted entre ellos en varias ocasiones- con esa curiosidad olfativa ante la experiencia socialista de Cuba y la adhesión de Pablo Neruda a la campaña presidencial de Salvador Allende, evidenciaban tal sospecha. Intelectuales, artistas, pensadores, creadores populares, fueron objeto de persecución, cárcel, desaparición o muerte.

La cultura en su expresión artística quedó acorralada, impotente ante las agresiones de las cuales fue objeto y un imperio, de cultura oficial, se impuso como manera de ocultar la tragedia que ensombreció aquella oscura época de nuestra historia. Recuerdo sus campañas por movilizar la solidaridad internacional con la tragedia política de América Latina; creo que su fe, por esa práctica que dignifica al hombre: la solidaridad; sintetiza su concepción del papel que debe asumir el intelectual. La palabra solidaridad, se riega por las paginas dialogantes que usted puso como reflexión para comprender y atender las problemáticas sociales que demandaban algo más que un conocimiento o una teoría política, requerían una fórmula tan fantástica y reparadora de todos los males como el bálsamo de fierabrás, que tenía a la mano el padre de todos los cronopios, el Hidalgo e ingenioso Caballero de la Mancha; sólo que en nuestro caso, no debemos dudarlo, sería un bálsamo de solidaridad.

Pasados los años de militarismo, y restaurados ciertos espacios de las democracias, tocó pensar nuevamente que era eso que a nuestros oídos llegaba con el nombre de América latina. Los dolores causados nos pusieron a cavilar sobre esa realidad geográfica y fundamentalmente a tratar de encontrar la identidad como esa fragancia que a todos los países de éste continente, nos envolvía con su aroma. Descubrimos sorprendentemente una vasta comarca de imágenes, de imaginaciones, de imaginarios que nos relataban, nos describían,

dibujaban nuestra personalidad. Se llamaban Macondo, Santa María, Comala, Sertao, desierto, selva, pampa, llanos, mar, selva y en su caso ese París que se comunica con Buenos Aíres a través de un túnel de afinidad espiritual. América latina se nos antojó como un territorio de creaciones y de alguna manera lo real y la ficción, la imagen y la sobreabundancia de imagen -que adivinó su cercano José Lezama Lima en la cotidianidad- legitimaron esa identidad.

Se queja usted de ausencia ante Fernández Retamar. Nombra, hasta esa fecha del 10 de mayo de 1967, dieciséis años por fuera de Latinoamérica y si ha de sumársele los veintinueve años desde su muerte, hasta éste 13 de febrero de 2013, hay 45 años, de una presunta ausencia. Pero no hay tal, su presencia, tanto en aquellos tiempos que bien supo argumentar, por la infatigable atención en los asuntos concernientes a nuestro destino histórico, como el innegable acompañamiento de su obra- que sigue sorprendiéndonos por su insólita estética- aseguran la cercanía que nos mantiene a un milímetro de misteriosa cercanía, no tan aterradora como la de aquella Continuidad de los parques, detrás del sillón a punto de hacer realidad el terrible final de la pagina. Se lo digo -aunque no he permanecido mucho tiempo lejos del terruño- : llevamos el sentimiento natal a cuestas y la patria se instala también en los exilios, más allá de las circunstancias de la nacionalidad que quiere encajar el azar y fijarnos,

como una ficha del ajedrez, en un territorio circunscrito de fronteras. Además me gustaría agregar que la memoria le da mapa a la región lejana y los recuerdos devuelven los olores de la vida que ni siquiera la muerte puede suprimir. No se requería de esa mole de corporalidad, humanidad mejor, discretamente amable, o gentil en el abrazo de sus manos enormes, para saber que usted siempre ha estado ahí. Considérese, desde su estancia y permanencia en Europa, un latinoamericano, ha sabido muy bien “escuchar las voces que entran por cualquier cuadrante de la rosa de los vientos.” Ayer lo era, hoy lo sigue siendo y, agrego: aún le perseguimos con ingenuidad y, tal como usted prefiere, con ardorde cronopio.

El sentimiento que usted allana en la carta lo ubica con explicita sinceridad desde una procedencia de visión europea; silenciosamente se adivina, entre líneas, una discusión interior por la responsabilidad de exponer una perspectiva fuera del ruedo – usted diría, fuera del ring-; el temor de estar dando palos de ciego, le cuestiona frente al acierto o no de transitar por el rumbo que coincide con la perspectiva de quienes están ahí en la realidad inmediata y con los guantes puestos para mantenerse en pie hasta el último round. Comparto la inquietud y valga resaltar, que su punto de vista se encaminaba por un sentimiento planetario, hoy decididamente instalado entre los visos globales de  a sociedad contemporánea. No erraban sus consideraciones de exponer su visión desde esa orilla, entendiéndose como un hombre que, apalancado por su certeza moral, se esfuerza en ponerse en la piel del otro para dotarse de una comprensión que enriquece el análisis; todo lleva a una mutua necesidad de dilucidar el asunto que se ha puesto en discusión: el del intelectual latinoamericano, su responsabilidad y compromiso ante el momento histórico. Se descubre entonces que los problemas coyunturales y específicos, son a la vez, síntesis de la problemática mundial y de la búsqueda común para lograr la paz, “fundada en la justicia social”, tal como usted esclarece, por lo cual esa batalla de la humanidad, tiene su línea de fuego en cualquier lugar y hoy más aún, cuando el anhelo sigue siendo el mismo, afectando, en mayor ó menor medida a los “ciudadanos del mundo”.

Nada, ni nadie se siente, en las circunstancias actuales, invulnerable; los conflictos locales se convierten en peligros mundiales y los hechos dolorosos, sus noticias, nos llegan con una inmediatez que pareciera adelantarse al presente mismo del hecho. La tragedia se instala bajo una realidad virtual.

Cuanto no sería su asombro de haber visto como se banaliza la realidad cuando se convierte, aún en el caso de lo más terrible, en una realidad mediática: como si se tratara de un espectáculo se han trasmitido en directo, los brotes de guerra de ésta primera década del nuevo siglo, también los embates de las fuerzas naturales se atrapan con la apariencia de noticia, para hacer de la información un “reality” cuya intimidad se ofrece para la curiosidad de millones de espectadores en el mundo. Hasta la verdad se ha tornado mercancía. El planeta entero presenció, como si se tratara de una ficción visual, los atentados contra Estados Unidos. El rinoceronte furioso y portentoso es indefenso ante los tormentos del diminuto insecto que vuela en su derredor.

Nada es pequeño cuando proviene del odio acumulado y de la oportunidad de venganza. Aquel terrible hecho universalizó la conciencia de colectividad y nos recordó que la humanidad es una sola, uno su dolor y una, si así lo quisiéramos, su felicidad.

Hay una trasfusión de sangre en la economía que nunca debió hacerse metáfora inevitablemente irónica sobre su suerte personal- al inyectar bajo la fórmula del neoliberalismo, una predominancia, una anulación de los intereses sociales, una muerte del hombre que dio poder a la banca, figura múltiple, inatrapable, que no tiene un nombre, una cabeza reconocible, sino que escuda intereses multinacionales que deciden el destino del mundo y ponen y quitan formas de gobierno que protegen sus tentáculos extendidos globalmente. La Europa de sus entrañas, en la cual encontró el ambiente de su fuerza literaria diseñó una comunidad que bien pudiera haber sido el ejemplo de un mundo mejor, libre de fronteras y unido bajo una aspiración de bienestar común, pero infortunadamente sirvió de experimento para inocular el poder económico de la banca, que sin necesidad de la destrucción invasiva que tuvo la Segunda Guerra Mundial, logró someter a su dominio la política social y barrerla de tajo, evitando su aplicación en las políticas internas de los países europeos.

Así que la cuestión no apunta a la especificidades, ni a la localidad contextual, porque las dimensiones del problema son mundiales, y la lucha es por la humanidad misma, por la recuperación de su primacía como objeto del desarrollo; conviene reconocer que vale la pena traer de nuevo esa concepción de Marx sobre la producción de los bienes: éstos deben estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio del bien. El dinero, las ganancias, las armas, el tráfico de drogas y el negocio de la sexualidad, todos ellos elementos que denigran de la condición humana, generan las grandes ganancias, las mismas que circulan limpiamente por los bancos del mundo.

Ante los males traídos por la acumulación de riquezas que se quedan en un-no lugar y creciendo por encima de la inmensa pobreza, anima a impulsar, en el escenario global, postulados universales. Kant quien concibió, en la modernidad, un sujeto universal, lo entendió como posibilidad de una ética planetaria forjada en los ideales de bienestar de la humanidad. Esa ética planetaria se ha retomado desde los organismos comprometidos con el desarrollo social, en especial aquellos que han asumido recordar, de todos los modos posibles, que la cultura es el ámbito natural del hombre y lo que ha construido tanto material como simbólicamente, es dimensionar su capacidad creativa, rasgo que engrandece al hombre y lo enaltece mucho más que la estela destructora de sus ambiciones. Y no ha sido solamente por esas organizaciones, sino por cada sector, grupo o individuo comprometido en el acto creador; acto que se erige señalando una alternativa que continúa la línea de lo humano en las tendencias del desarrollo. La cultura, su universalidad, es la gran aportadora de esa visión que, en aquella época, inquietaba al intelectual y que hoy nos llama a ejercerla como una gestión colectiva no focalizada, sino irradiada por todos los lugares del planeta para enfrentar, en común, el salto mortal que está a punto de lanzar la humanidad hacia el anunciado abismo.

En cuanto a la cuestión del socialismo como vía futura en el camino de la humanidad y la expectación sobre Cuba, que iniciaba en América Latina ese tránsito inexplorado en nuestro continente -asuntos ambos sobre los que usted se ocupó con frecuencia y eran materia de sus reflexiones políticas, sin contaminarlas en sus preocupaciones estéticas, ni de abandonar en la labor de escritura una literatura “cuya raíz nacional y regional está como potenciada por una experiencia más abierta y más compleja, y en la que cada evocación o recreación de lo originalmente mío alcanza su extrema tensión gracias a esa apertura sobre y desde un mundo que lo rebasa y en último extremo lo elige, lo perfecciona…”- y queriendo encontrar respuestas a tantas dudas y tantas versiones a favor y en contra, me despierta – y debería avergonzarme, pues en carta blanca debería yo darle cuenta de ello- una curiosidad por saber cuál sería su pensamiento, ahora, cuando China con su inserto de práctica capitalista y gobierno comunista se aproxima a ser primera potencia mundial; quisiera imaginar su opinión, ahora, cuando el modelo de socialismo soviético se desmoronó- casi que sorpresivamente-, dejando empezada una disputa entre adeptos y opositores, y cuyas causas no dejan de ser enigmáticas y su comprensión apenas deja ver una desmoralización entre los más soñadores y una maligna sonrisa entre sus enemigos; y en especial, me intriga conocer cuál sería su postura, ante la Cuba de hoy, que persiste en su vocación a mantener un socialismo solitario entre presiones y embargos, entre condenas y admiraciones, entre escepticismos y fe a las causas perdidas, entre la dignidad y la precariedad del no consumo.

Su carta ha vuelto a mi en éstos días cuando acongojado por la desmemoria, que quiere enterrar indescriptibles acontecimientos en la reciente historia de mi país y al observar a la vez la indiferencia de nuestros intelectuales, aparentemente libres de responder por su complicidad silenciosa; y abrumado también por ver, para mi desconsuelo, como se expande la futilidad de esa cultura “light”, en la cual el uso de la realidad cotidiana en la televisión -con su penetración a la intimidad para hacerla objeto de una desnudez ante los millares de miradas que aplauden el ridículo – se promueve como el gran programa familiar. Lamento como, con el amparo de todos los medios, se quiere ofertar esa aparente cultura como la panacea a la tragedia contemporánea, maquillada de un bienestar consumista que empeña la capacidad de pensamiento al obnubilar el sentido crítico, fomenta el individualismo con su desprecio a la solidaridad, confunde la sensibilidad con su tergiversación de la realidad y alucina con su espectacularidad mientras anula toda verdad, vuelta ya mercancía comprable.

Entre la desesperanza de estas dos sensaciones, recordé cuanto circulaba, ese texto, en los años setenta, y llegaba- como si fuéramos nosotros los destinatarios- a nuestros espacios de encuentro: aulas, cafés, grupos de estudio; produciendo amigables enemistades entre quienes discutíamos sobre si elegíamos a ese Cortázar, en cuyos libros encontrábamos “latencias, de vislumbres, de aperturas hacia el misterio y la extrañeza y la gran hermosura de la vida.” El mismo que explicitaba la “entrega total y fervorosa a los problemas estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad…” ó si preferíamos a aquel que enfatizaba:

“si alguna vez se pudo ser un gran escritor sin sentirse partícipe del destino histórico inmediato del hombre, en este momento no se puede escribir sin esa participación que es responsabilidad y obligación.” Ó más explícito aún: “nada de todo eso se justifica éticamente si al mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos, si no se asume decididamente la condición de intelectual del tercer mundo en la medida en que todo intelectual, hoy en día, pertenece potencial o efectivamente al tercer mundo puesto que su sola vocación es un peligro, una amenaza, un escándalo para los que apoyan lenta pero seguramente el dedo en el gatillo de la bomba. Y un poco más: “un escritor digno de tal nombre no puede volver a sus libros como si no hubiera pasado nada, no puede seguir escribiendo con el confortable sentimiento de que su misión se cumple en el mero ejercicio de una vocación de novelista, de poeta o de dramaturgo.”

Ahora que bajo la ficción de éstas líneas he tomado la confianza de escribirle, confieso que me inclina mi sentido por la creación en tanto que ella misma, ya es en sí una apertura hacia esa dimensión estética que enriquece el mundo y lo dota de un misterio que se revela en el goce de intuirlo en su enigmática naturaleza que es, de hecho, la misma naturaleza de nuestra razón de ser como hombres; nuestra grandeza espiritual si queremos acudir a esta forma de nombrarlo para comprenderlo mejor. Y por igual me inclino a reclamarme en un compromiso con un presente al que me debo y del que hago parte; digo reclamo para exigirme, pues suele suceder que somos débiles ante las veleidades de la fama, propensos a mantener esa falsa prudencia que no se atreve a molestar con la verdad para no incomodar a los de al lado, y sumisos para no sacrificar nuestra aceptación social en un mundo que margina y desconfía de quien pega el grito.

Usted lo expresa con admirable lucidez al concluir su carta:

Cuando leo un párrafo semejante, sé cuál de los dos elementos de mi naturaleza ha ganado la batalla. Incapaz de acción política, no renuncio a mi solitaria vocación de cultura, a mi empecinada búsqueda ontológica, a los juegos de la imaginación en sus planos más vertiginosos; pero todo eso no gira ya en sí mismo y por sí mismo, no tiene ya nada que ver con el cómodo humanismo de los mandarines de occidente. En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de sí mismo como colectividad y humanidad. Estoy convencido de que sólo la obra de aquellos intelectuales que respondan a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en las conciencias de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos nacido.

Sutil invención que se cuela en ésta carta, es el desafío de no acudir a un papel por encima de la mar, sino a un envío con la mediación de un cartero, cuya bicicleta traspase la barrera de la red y salve los incontables buzones virtuales.

¡Sí, tanto -mucho realmente-! ha cambiado el mundo desde que, sobre la mar, cruzó su carta con destino a esa Cuba de versos sencillos y zafras quiméricas.

Confío en la cabal entrega de ésta misiva por su condición de diálogo imaginario y libre del riesgo de terminar en el cementerio de las correspondencias extraviadas; cartas naufragas sin destinatario, cartas nunca enviadas, cartas con receptores equivocados, por lo cual espero, ésta no lo sea y encuentre su destinatario en ese círculo de eternidades que dan juego a un laberinto de encuentros y desencuentros. Por eso quizás estas palabras.

(*). Cortázar, Julio (1974) Último Round. (4a Ed).

Madrid, España. Siglo XXI Editores. Acerca de la Situación del intelectual latinoamericano.

 

La Carta de Cortázar a Retamar
Saignon (Vaucluse). 10 de mayo de 1967

A Roberto Fernández Retamar en La Habana

Mi querido Roberto:

Te debo una carta, y unas páginas para el número de la Revista que tratará de la situación del intelectual latinoamericano contemporáneo. Por lo que verás a renglón casi seguido, me resulta más sencillo unir ambas cosas; hablando contigo, aunque sólo sea desde un papel por encima del mar, me parece que alcanzaré a decir mejor algunas cosas que se me almidonarían si les diera el tono del ensayo, y tú ya sabes que el almidón y yo no hacemos buenas camisas. Digamos entonces que una vez más estamos viajando en auto rumbo a Trinidad y que después de habernos apoderado con gran astucia de los dos mejores asientos, con probable cólera de Mario, Ernesto y Fernando apiñados en el fondo, reanudamos aquella conversación que me valió pasar tres maravillosos días en enero último, y que de alguna manera no se interrumpirá jamás entre tú y yo.

Prefiero este tono porque palabras como “intelectual” y “latinoamericano” me hacen levantar instintivamente la guardia, y si además aparecen juntas me suenan en seguida a disertación del tipo de las que terminan casi siempre encuadernadas (iba a decir enterradas) en pasta española. Súmale a eso que llevo dieciséis años fuera de Latinoamérica, y que me considero sobre todo como un cronopio que escribe cuentos y novelas sin otro fin que el perseguido ardorosamente por todos los cronopios, es decir su regocijo personal. Tengo que hacer un gran esfuerzo para comprender que a pesar de esas peculiaridades soy un intelectual latinoamericano; y me apresuro a decirte que si hasta hace pocos años esa clasificación despertaba en mí el reflejo muscular consistente en elevar los hombros hasta tocarme las orejas creo que los hechos cotidianos de esta realidad que nos agobia (¿realidad esta pesadilla irreal, esta danza de idiotas al borde del abismo?) obligan a suspender los juegos, y sobre todo los juegos de palabras. Acepto, entonces, considerarme un intelectual latinoamericano, pero mantengo una reserva: no es por serlo que diré lo que quiero decirte aquí. Si las circunstancias me sitúan en ese contexto y dentro de él debo hablar, prefiero que se entienda claramente que lo hago como un ente moral, digamos lisa y llanamente como un hombre de buena fe, sin que mi nacionalidad y mi vocación sean las razones determinantes de mis palabras. El que mis libros estén presentes desde hace años en Latinoamérica no invalida el hecho deliberado e irreversible de que me marché de la Argentina en 1951 y que sigo residiendo en un país europeo que elegí sin otro motivo que mi soberana voluntad de vivir y escribir en la forma que me parecía más plena y satisfactoria. Hechos concretos me han movido en los últimos cinco años a reanudar un contacto personal con Latinoamérica, y ese contacto se ha hecho por Cuba y desde Cuba; pero la importancia que tiene para mí ese contacto no se deriva de mi condición de intelectual latinoamericano; al contrario, me apresuro a decirte que nace de una perspectiva mucho más europea que latinoamericana, y más ética que intelectual. Si lo que sigue ha de tener algún valor, debe nacer de una total franqueza, y empiezo por señalarlo a los nacionalistas de escarapela y banderita que directa o indirectamente me han reprochado muchas veces mi “alejamiento” de mi patria o, en todo caso, mi negativa a reintegrarme físicamente a ella.

En última instancia, tú y yo sabemos de sobra que el problema del intelectual contemporáneo es uno solo, el de la paz fundada en la justicia social, y que las pertenencias nacionales de cada uno sólo subdividen la cuestión sin quitarle su carácter básico. Pero es aquí donde un escritor alejado de su país se sitúa forzosamente en una perspectiva diferente. Al margen de la circunstancia local, sin la inevitable dialéctica del challenge and response cotidianos que representan los problemas políticos, económicos o sociales del país, y que exigen el compromiso inmediato de todo intelectual consciente, su sentimiento del proceso humano se vuelve por decirlo así más planetario, opera por conjuntos y por síntesis, y si pierde la fuerza concentrada en un contexto inmediato, alcanza en cambio una lucidez a veces insoportable pero siempre esclarecedora. Es obvio que desde el punto de vista de la mera información mundial, da casi lo mismo estar en Buenos Aires que en Washington o en Roma, vivir en el propio país o fuera de él. Pero aquí no se trata de información sino de visión. Como revolucionario cubano, sabes de sobra hasta qué punto los imperativos locales, los problemas cotidianos de tu país, forman por así decirlo un primer círculo vital en el que debes obrar e incidir como escritor, y que ese primer círculo en el que se juega tu vida y tu destino personal a la par de la vida y el destino de tu pueblo, es a la vez contacto y barrera con el resto del mundo, contacto porque tu batalla es la de la humanidad, barrera porque en la batalla no es fácil atender a otra cosa que a la línea de fuego.

No se me escapa que hay escritores con plena responsabilidad de su misión nacional que bregan a la vez por algo que la rebasa y la universaliza; pero bastante más frecuente es el caso de los intelectuales que, sometidos a ese condicionamiento circunstancial, actúan por así decirlo desde fuera hacia adentro, partiendo de ideales y principios universales para circunscribirlos a un país, a un idioma, a una manera de ser. Desde luego no creo en los universalismos diluidos y teóricos, en las “ciudadanías del mundo” entendidas como un medio para evadir las responsabilidades inmediatas y concretas “Vietnam, Cuba, toda Latinoamérica” en nombre de un universalismo más cómodo por menos peligroso; sin embargo, mi propia situación personal me inclina a participar en lo que nos ocurre a todos, a escuchar las voces que entran por cualquier cuadrante de la rosa de los vientos. A veces me he preguntado qué hubiera sido de mi obra de haberme quedado en la Argentina; sé que hubiera seguido escribiendo porque no sirvo para otra cosa, pero a juzgar por lo que llevaba hecho hasta el momento de marcharme de mi país, me inclino a suponer que habría seguido la concurrida vía del escapismo intelectual, que era la mía hasta entonces y sigue siendo la de muchísimos intelectuales argentinos de mi generación y mis gustos. Si tuviera que enumerar las causas por las que me alegro de haber salido de mi país (y quede bien claro que hablo por mí solamente, y de manera a título de parangón) creo que la principal sería el haber seguido desde Europa, con una visión des-nacionalizada, la revolución cubana. Para afirmarme en esta convicción me basta, de cuando en cuando, hablar con amigos argentinos que pasan por París con la más triste ignorancia de lo que verdaderamente ocurre en Cuba; me basta hojear los periódicos que leen veinte millones de compatriotas; me basta y me sobra sentirme a cubierto de la influencia que ejerce la información norteamericana en mi país y de la que no se salvan, incluso creyéndolo sinceramente, infinidad de escritores y artistas argentinos de mi generación que comulgan todos los días con las ruedas de molino subliminales de la United Press y las revistas “democráticas” que marchan al compás de Time o de Life.

Aquí ya puedo hablar en primera persona, puesto que de eso se trata en los testimonios que nos has pedido. Lo primero que diré es una paradoja que puede tener su valor si se la mide a la luz de los párrafos anteriores en que he tratado de situarme y situarte mejor ¿No te parece en verdad paradójico que un argentino casi enteramente volcado hacia Europa en su juventud, al punto de quemar las naves y venirse a Francia, sin una idea precisa de su destino, haya descubierto aquí, después de una década, su verdadera condición de latinoamericano? Pero esta paradoja abre una cuestión más honda: la de si no era necesario situarse en la perspectiva más universal del viejo mundo, desde donde todo parece poder abarcarse con una especie de ubicuidad mental, para ir descubriendo poco a poco las verdaderas raíces de lo latinoamericano sin perder por eso la visión global de la historia y del hombre. La edad, la madurez, influyen desde luego, pero no bastan para explicar ese proceso de reconciliación y recuperación de valores originales; insisto en creer (y en hablar por mí mismo y sólo por mí mismo) que, si me hubiera quedado en la Argentina, mi madurez de escritor se hubiera traducido de otra manera, probablemente más perfecta y satisfactoria para los historiadores de la literatura, pero ciertamente menos incitadora, provocadora y en última instancia fraternal para aquellos que leen mis libros por razones vitales y no con vistas a la ficha bibliográfica o la clasificación estética. Aquí quiero agregar que de ninguna manera me creo un ejemplo de esa “vuelta a los orígenes” –telúricos, nacionales, lo que quieras– que ilustra precisamente una importante corriente de la literatura latinoamericana, digamos Los pasos perdidos y, más circunscritamente, Doña Bárbara. El telurismo como lo entiende entre ustedes un Samuel Feijóo, por ejemplo, me es profundamente ajeno por estrecho, parroquial y hasta diría aldeano; puedo comprenderlo y admirarlo en quienes no alcanzan, por razones múltiples, una visión totalizadora de la cultura y de la historia, y concentran todo su talento en una labor “de zona”, pero me parece un preámbulo a los peores avances del nacionalismo negativo cuando se convierte en el credo de escritores que, casi siempre por falencias culturales, se obstinan en exaltar los valores del terruño contra los valores a secas, el país contra el mundo, la raza (porque en eso se acaba) contra las demás razas. ¿Podrías tú imaginarte a un hombre de la latitud de un Alejo Carpentier convirtiendo la tesis de su novela citada en una inflexible bandera de combate? Desde luego que no, pero los hay que lo hacen, así como hay circunstancias de la vida de los pueblos en que ese sentimiento del retorno, ese arquetipo casi junguiano del hijo pródigo, de Odiseo al final de periplo, puede derivar a una exaltación tal de lo propio que, por contragolpe lógico, la vía del desprecio más insensato se abra hacia todo lo demás. Y entonces ya sabemos lo que pasa, lo que pasó hasta 1945, lo que puede volver a pasar.

Quedamos, entonces, para volver a mí que soy desganadamente el tema de estas páginas, que la paradoja de redescubrir a distancia lo latinoamericano entraña un proceso de orden muy diferente a una arrepentida y sentimental vuelta al pago. No solamente no he vuelto al pago sino que Francia, que es mi casa, me sigue pareciendo el lugar de elección para un temperamento como el mío, para mis gustos y, espero, para lo que pienso todavía escribir antes de dedicarme a la vejez, tarea complicada y absorbente como es sabido. Cuando digo que aquí me fue dado descubrir mi condición de latinoamericano, indico tan sólo una de las consecuencias de una evolución más compleja y abierta. Ésta no es una autobiografía, y por eso resumiré esa evolución en el mero apunte de sus etapas. De la Argentina se alejó un escritor para quien la realidad, como lo imaginaba Mallarmé, debía culminar en un libro; en París nació un hombre para quien los libros deberán culminar en la realidad. Ese proceso comportó muchas batallas, derrotas, traiciones y logros parciales. Empecé por tener conciencia de mi prójimo, en un plano sentimental y por decirlo así antropológico; un día desperté en Francia a la evidencia abominable de la guerra de Argelia, yo que de muchacho había seguido la guerra de España y más tarde la guerra mundial como una cuestión en la que lo fundamental eran principios e ideas en lucha. En 1957 empecé a tomar conciencia de lo que pasaba en Cuba (antes había noticias periodísticas de cuando en cuando, vaga noción de una dictadura sangrienta como tantas otras, ninguna participación afectiva a pesar de la adhesión en el plano de los principios). El triunfo de la revolución cubana, los primeros años del gobierno, no fueron ya una mera satisfacción histórica o política; de pronto sentí otra cosa, una encarnación de la causa del hombre como por fin había llegado a concebirla y desearla. Comprendí que el socialismo, que hasta entonces me había parecido una corriente histórica aceptable e incluso necesaria, era la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano esencial, en el ethos tan elemental como ignorado por las sociedades en que me tocaba vivir, en el simple, inconcebiblemente difícil y simple principio de que la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre. Más allá no era capaz de ir, porque, como te lo he dicho y probado tantas veces, lo ignoro todo de la filosofía política, y no llegué a sentirme un escritor de izquierda a consecuencia de un proceso intelectual sino por el mismo mecanismo que me hace escribir como escribo o vivir como vivo, un estado en el que la intuición, la participación al modo mágico en el ritmo de los hombres y las cosas, decide mi camino sin dar ni pedir explicaciones. Con una simplificación demasiado maniquea puedo decir que así como tropiezo todos los días con hombres que conocen a fondo la filosofía marxista y actúan sin embargo con una conciencia reaccionaria en el plano personal, a mí me sucede estar empapado por el peso de toda una vida en la filosofía burguesa, y sin embargo me interno cada vez más por las vías del socialismo. Y no es fácil, y ésa es precisamente mi situación actual por la que se pregunta en esta encuesta. Un texto mío que publicaste hace poco en la revista “Casilla del camaleón” puede mostrar una parte de ese conflicto permanente de un poeta con el mundo, de un escritor con su trabajo.

Pero para hablar de mi situación como escritor que ha decidido asumir una tarea que considera indispensable en el mundo que lo rodea, tengo que completar la síntesis de ese camino que llegó a su fin con mi nueva conciencia de la revolución cubana. Cuando fui invitado por primera vez a visitar tu país, acababa de leer Cuba, isla profética, de Waldo Frank, que resonó extrañamente en mí, despertándome a una nostalgia, a un sentimiento de carencia, a un no estar verdaderamente en el mundo de mi tiempo aunque en esos años mi mundo parisiense fuera tan pleno y exaltante como lo había deseado siempre y lo había conseguido después de más de una década de vida en Francia. El contacto personal con las realizaciones de la revolución, la amistad y el diálogo con escritores y artistas, lo positivo y lo negativo que vi y compartí en ese primer viaje actuaron doblemente en mí; por un lado tocaba otra vez la realidad latinoamericana de la que tan alejado me había sentido en el terreno personal, y por otro lado asistía cotidianamente a la dura y a veces desesperada tarea de edificar el socialismo en un país tan poco preparado en muchos aspectos y tan abierto a los riesgos más inminentes. Pero entonces sentí que esa doble experiencia no era doble en el fondo, y ese brusco descubrimiento me deslumbró. Sin razonarlo, sin análisis previo, viví de pronto el sentimiento maravilloso de que mi camino ideológico coincidiera con mi retorno latinoamericano; de que esa revolución, la primera revolución socialista que me era dado seguir de cerca, fuera una revolución latinoamericana. Guardo la esperanza de que en mi segunda visita a Cuba, tres años más tarde, te haya mostrado que ese deslumbramiento y esa alegría no se quedaron en mero goce personal. Ahora me sentía situado en un punto donde convergían y se conciliaban mi convicción en un futuro socialista de la humanidad y mi regreso individual y sentimental a una Latinoamérica de la que me había marchado sin mirar hacia atrás muchos años antes.

Cuando regresé a Francia luego de esos dos viajes, comprendí mejor dos cosas. Por una parte, mi hasta entonces vago compromiso personal e intelectual con la lucha por el socialismo entraría, como ha entrado, en un terreno de definiciones concretas, de colaboración personal allí donde pudiera ser útil. Por otra parte, mi trabajo de escritor continuaría el rumbo que le marca mi manera de ser, y aunque en algún momento pudiera reflejar ese compromiso (como algún cuento que conoces y que ocurre en tu tierra) lo haría por las mismas razones de libertad estética que ahora me están llevando a escribir una novela que ocurre prácticamente fuera del tiempo y del espacio histórico. A riesgo de decepcionar a los catequistas y a los propugnadores del arte al servicio de las masas, sigo siendo ese cronopio que, como lo decía al comienzo, escribe para su regocijo o su sufrimiento personal, sin la menor concesión, sin obligaciones “latinoamericanas” o “socialistas” entendidas como a prioris pragmáticos. Y es aquí donde lo que traté de explicar al principio encuentra, creo, su justificación más profunda. Sé de sobra que vivir en Europa y escribir “argentino” escandaliza a los que exigen una especie de asistencia obligatoria a clase por parte del escritor. Una vez que para mi considerable estupefacción un jurado insensato me otorgó un premio en Buenos Aires, supe que alguna célebre novelista de esos pagos había dicho con patriótica indignación que los premios argentinos deberían darse solamente a los residentes en el país. Esta anécdota sintetiza en su considerable estupidez una actitud que alcanza a expresarse de muchas maneras pero que tiende siempre al mismo fin; incluso en Cuba, donde poco podría importar si habito en Francia o en Islandia, no han faltado los que se inquietan amistosamente por ese supuesto exilio. Como la falsa modestia no es mi fuerte, me asombra que a veces no se advierta hasta qué punto el eco que han podido despertar mis libros en Latinoamérica se deriva de que proponen una literatura cuya raíz nacional y regional está como potenciada por una experiencia más abierta y más compleja, y en la que cada evocación o recreación de lo originalmente mío alcanza su extrema tensión gracias a esa apertura sobre y desde un mundo que lo rebasa y en último extremo lo elige y lo perfecciona. Lo que entre ustedes ha hecho un Lezama Lima, es decir, asimilar y cubanizar por vía exclusivamente libresca y de síntesis mágico-poética los elementos más heterogéneos de una cultura que abarca desde Parménides hasta Serge Diaghilev, me ocurre a mí hacerlo a través de experiencias tangibles, de contactos directos con una realidad que no tiene nada que ver con la información o la erudición pero que es su equivalente vital, la sangre misma de Europa. Y si de Lezama puede afirmarse, como acaba de hacerlo Vargas Llosa en un bello ensayo aparecido en la revista Amaru, que su cubanidad se afirma soberana por esa asimilación de lo extranjero a los jugos y a la voz de su tierra, yo siento que también la argentinidad de mi obra ha ganado en vez de perder por esa ósmosis espiritual en la que el escritor no renuncia a nada, no traiciona nada sino que sitúa su visión en un plano desde donde sus valores originales se insertan en una trama infinitamente más amplia y más rica y por eso mismo –como de sobra lo sé yo aunque otros lo nieguen– ganan a su vez en amplitud y riqueza, se recobran en lo que pueden tener de más hondo y de más valedero.

Por todo esto, comprenderás que mi “situación” no solamente no me preocupa en el plano personal sino que estoy dispuesto a seguir siendo un escritor latinoamericano en Francia. A salvo por el momento de toda coacción, de la censura o la autocensura que traban la expresión de los que viven en medios políticamente hostiles o condicionados por circunstancias de urgencia, mi problema sigue siendo, como debiste sentirlo al leer Rayuela, un problema metafísico, un desgarramiento continuo entre el monstruoso error de ser lo que somos como individuos y como pueblos en este siglo, y la entrevisión de un futuro en el que la sociedad humana culminaría por fin en ese arquetipo del que el socialismo da una visión práctica y la poesía una visión espiritual. Desde el momento en que tomé conciencia del hecho humano esencial, esa búsqueda representa mi compromiso y mi deber. Pero ya no creo, como pude cómodamente creerlo en otro tiempo, que la literatura de mera creación imaginativa baste para sentir que me he cumplido como escritor, puesto que mi noción de esa literatura ha cambiado y contiene en sí el conflicto entre la realización individual como la entendía el humanismo, y la realización colectiva como la entiende el socialismo, conflicto que alcanza su expresión quizá más desgarradora en el Marat-Sade de Peter Weiss. Jamás escribiré expresamente para nadie, minorías o mayorías, y la repercusión que tengan mis libros será siempre un fenómeno accesorio y ajeno a mi tarea; y sin embargo hoy sé que escribo para, que hay una intencionalidad que apunta a esa esperanza de un lector en el que reside ya la semilla del hombre futuro. No puedo ser indiferente al hecho de que mis libros hayan encontrado en los jóvenes latinoamericanos un eco vital, una confirmación de latencias, de vislumbres, de aperturas hacia el misterio y la extrañeza y la gran hermosura de la vida. Sé de escritores que me superan en muchos terrenos y cuyos libros, sin embargo, no entablan con los hombres de nuestras tierras el combate fraternal que libran los míos. La razón es simple, porque si alguna vez se pudo ser un gran escritor sin sentirse partícipe del destino histórico inmediato del hombre, en este momento no se puede escribir sin esa participación que es responsabilidad y obligación, y sólo las obras que la trasunten, aunque sean de pura imaginación, aunque inventen la infinita gama lúdica de que es capaz el poeta y el novelista, aunque jamás apunten directamente a esa participación, sólo ellas contendrán de alguna indecible manera ese temblor, esa presencia, esa atmósfera que las hace reconocibles y entrañables, que despierta en el lector un sentimiento de contacto y cercanía.

Si esto no es aún suficientemente claro, déjame completarlo con un ejemplo. Hace veinte años veía yo en un Paul Valéry el más alto exponente de la literatura occidental. Hoy continúo admirando al gran poeta y ensayista, pero ya no representa para mí ese ideal. No puede representarlo quien, a lo largo de toda una vida consagrada a la meditación y a la creación, ignoró soberanamente (y no sólo en sus escritos) los dramas de la condición humana que en esos mismos años se abrían paso en la obra epónima de un André Malraux y, desgarrada y contradictoriamente pero de una manera admirable precisamente por ese desgarramiento y esas contradicciones, en un André Gide. Insisto en que a ningún escritor le exijo que se haga tribuno de la lucha que en tantos frentes se está librando contra el imperialismo en todas sus formas, pero sí que sea testigo de su tiempo como lo querían Martínez Estrada y Camus, y que su obra o su vida (¿pero cómo separarlas?) den ese testimonio en la forma que les sea propia. Ya no es posible respetar como se respetó en otros tiempos al escritor que se refugiaba en una libertad mal entendida para dar la espalda a su propio signo humano, a su pobre y maravillosa condición de hombre entre hombres, de privilegiado entre desposeídos y martirizados.

Para mí, Roberto, y con esto terminaré, nada de eso es fácil. El lento, absorbente, infinito y egoísta comercio con la belleza y la cultura, la vida en un continente donde unas pocas horas me ponen frente a los frescos de Giotto o los Velázquez del Prado, en la curva del Rialto del Gran Canal o en esas salas londinenses donde se diría que las pinturas de Turner vuelven a inventar la luz, la tentación cotidiana de volver como en otros tiempos a una entrega total y fervorosa a los problemas estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad, libran en mí una interminable batalla con el sentimiento de que nada de todo eso se justifica éticamente si al mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos, si no se asume decididamente la condición de intelectual del tercer mundo en la medida en que todo intelectual, hoy en día, pertenece potencial o efectivamente al tercer mundo puesto que su sola vocación es un peligro, una amenaza, un escándalo para los que apoyan lenta pero seguramente el dedo en el gatillo de la bomba. Ayer, en Le Monde, un cable de la UPI transcribía declaraciones de Robert McNamara. Textualmente, el secretario norteamericano de la defensa (¿de qué defensa?) dice esto: “Estimamos que la explosión de un número relativamente pequeño de ojivas nucleares en cincuenta centros urbanos de China destruiría la mitad de la población urbana (más de cincuenta millones de personas) y más de la mitad de la población industrial. Además, el ataque exterminaría a un gran número de personas que ocupan puestos clave en el gobierno, en la esfera técnica y en la dirección de las fábricas, así como una gran proporción de obreros especializados.” Cito ese párrafo porque pienso que, después de leerlo, un escritor digno de tal nombre no puede volver a sus libros como si no hubiera pasado nada, no puede seguir escribiendo con el confortable sentimiento de que su misión se cumple en el mero ejercicio de una vocación de novelista, de poeta o de dramaturgo. Cuando leo un párrafo semejante, sé cuál de los dos elementos de mi naturaleza ha ganado la batalla. Incapaz de acción política, no renuncio a mi solitaria vocación de cultura, a mi empecinada búsqueda ontológica, a los juegos de la imaginación en sus planos más vertiginosos; pero todo eso no gira ya en sí mismo y por sí mismo, no tiene ya nada que ver con el cómodo humanismo de los mandarines de occidente. En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de sí mismo como colectividad y humanidad. Estoy convencido de que sólo la obra de aquellos intelectuales que respondan a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en las conciencias de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos nacido.

Un abrazo muy fuerte de tu

JULIO

Carta tomada de http://www.literatura.org/Cortazar/escritos/intelectual.html

aparecida originalmente en Casa de las Américas, Nº 45 (1967) y luego en “Último Round”, de Julio Cortázar

 

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