Publicado el: Mie, Ago 27th, 2014

Carta a Julio Cortázar


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julio-cortzarCien años del nacimiento de Cortázar y aún le queremos tanto…era algo así como un gigante que cabe en el tamaño de nuestro corazón, así que aquí va mi tributo…viene de una carta que se hizo famosa porque en ella Cortázar le compartía al poeta cubano Roberto Fernández Retamar sus inquietudes sobre América latina 

Ciudad de la Eterna Primavera, 12 de febrero de 2013

Admirado Cortázar

Hace 45 años escribió usted, desde Saigón, una carta dirigida al poeta cubano Roberto Fernández Retamar, (*) residente en La Habana. En ella anuncia, desde las primeras líneas, abordar la situación del intelectual latinoamericano contemporáneo, en un momento histórico de grandes expectativas en nuestro continente americano y de profundas crisis a nivel mundial. A la puerta estaban gestándose necesarias trasformaciones que afectarían el alma colectiva de la época, cambios unos que liberaron el espíritu, cambios otros que tensionaron los dominios geopolíticos y levantaron muros invisibles detrás de los cuales se atrincheraron dos visiones del mundo -cual más, cual menos- posicionando armas que, no obstante su intangibilidad, amenazaban la paz mundial bajo la soterrada nominación de la guerra fría.

Vistos en retrospectiva aquellos acontecimientos y ante la insospechada desaparición de la cortina de hierro, el panorama global no es menos inquietante y en esa su y nuestra América latina, sus reflexiones sobre el papel del intelectual se renuevan en una nueva figura con la cual ahora reaparece: la del nuevo humanista, ese mediador e intérprete de nuestros imaginarios, lejos ya de su pedestal inalcanzable como intelectual y puesto, hombro a hombro, con quienes actúan en los parajes de la creación, en las dimensiones de la poética y en los compromisos estéticos que llevan a situar las utopías en los mismos senderos del desarrollo cultural.

No sé si a éstas alturas repetiría su reflejo muscular de “levantar los hombros hasta las orejas” al escuchar las palabras “intelectual” y “latinoamericano”. Es posible, puesto que sus alcances y definiciones llevan a discusiones que se enredan en hilos demasiado frágiles y resisten poco, por lo que sobre el piso quedan nudos sin desatar. El intelectual -y lo intelectual- alude a una representatividad que se destacó en circunstancias coyunturales en los años sesenta; su voz se hacía escuchar y era oída con especial expectación entre las multitudes de jóvenes que despertaban de la cargazón engañosa de las posguerra y se burlaban de ese tono de felicidad tardía contenida en las películas norte-americanas. Nada de ese paraíso de estudio era creíble y menos cuando algo tan doloroso como la imagen de aquella fotografía: una niña desnuda lanzada al primer plano de la cámara, huyendo del bombardeo de Napalm que consume su aldea, mostró lo nunca dicho sobre la guerra. Tal visión desnudó la realidad escondida en las poses de sonrisa amable de la diplomacia mundial. Por la fecha de su carta a Retamar, se estaba a medio camino entre las evidencias de lo que mostraba ya grandes trasformaciones y de los indicios de lo que se avecinaba. La suma de lo uno y de lo otro marcaba el inicio de muchas cosas que pusieron a temblar los artificios del orden establecido. Numerosos hechos se desencadenaron legando el vértigo de sucesos que, imparables, cambiaron y siguen cambiando el panorama internacional.

El pensamiento filosófico y el análisis sociológico se empeñaron en desenmascarar las trampas de la democracia; la libertad, clamó Sartre, no era nada más que un contenido de la retórica y así lo siente el atormentado protagonista de La Náusea y habitante vehemente de Bouville -la imaginaria ciudad del desencanto- Antoine Roquentin, quien resume todo su inquirir al preguntarse si la libertad está más bien quizás en lo que no sucede, en la nada, en la muerte; parajes que, por desconocidos, albergan esperanzas más allá de nuestro choque con la desilusión social. Y surge el dilema: conciencia de la nada ó nueva conciencia del ser. El no suceso o el precipitar los sucesos, la incidencia en los acontecimientos tal cómo clamaron las voces que se tomaron las calles en la medianoche de los años sesenta.

El espíritu de la época exigía una conciencia social que no tardó en regarse a lo largo y ancho del planeta y en pocos años, otras voces, entre ellas las de los escritores latinoamericanos, reclamaban una trasformación social que puso a sonar la revolución como un propósito en algunas naciones del por entonces llamado “tercer mundo”, influenciados por la revolución cubana que incomodaba como astilla en el ojo y era piedra en el zapato para el control de la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina. Mayo del 68, puso en la tribuna la fuerza juvenil y los movimientos estudiantiles, y más allá de la efímera rabia de los disturbios, mostró lo que podían lograr las armas del pensamiento y de la imaginación.

La música rock, nutrida de las hondonadas legendarias de los silencios y los gritos contenidos del blues y el jazz, rompió los esquemas culturales del buen comportamiento y sacudió con sus letras y ritmos el letargo creativo; Woodstock propuso una postura de vida, un modo de ser que convocaba una práctica de la libertad individual y una elección de existencia desprendida de la ilusión del consumo. Lo popular entró a vitalizar las concepciones artísticas, que desacralizaron la gran obra – los íconos culturales mediáticos rodaban burlonamente para convencer al ciudadano de a pie que podía hacerle muecas a la sonrisa de la Gioconda ó chutar su imagen impresa en un balón de futbol-. Se abrió así la puerta a una apropiación de la cultura cuya comprensión, la puso en una relevancia tal, que suscitó la inclusión de las políticas culturales en las agendas públicas y en los objetivos de desarrollo nacionales e internacionales.

Muy cerca estaba usted de ésta eclosión que bien supo saludar con ese entusiasmo de temprana esperanza; le motivó ésta para abrir y mantener la discusión y la reflexión sobre la responsabilidad que tales cambios le reclamaban a los intelectuales y usted quiso entenderse como tal. Su colega Regis Debray, se metió en la búsqueda de las huellas del Che Guevara, vuelto a la lucha en las espesuras bolivianas para intentar hacer comprensible su visión humanista de la revolución “El Che sobreviviendo cada día un poco más a su última aventura, como si el mismo fuera todavía más grande que ese proyecto frustrado, en el que estuvo sin embargo por entero.” No sólo las páginas de Debray, sino las de muchos escritores y periodistas, se encargaron de mitificar al hombre que, por su formación académica y el sacrificio que truncó su sueño de liberación, se erigió como el modelo del intelectual comprometido.

La figura del intelectual humanista, preocupado por los desenlaces históricos en el despuntar de los años setenta, forjó una cierta apreciación romántica y peligrosamente heroica, en especial porque muchos tomaron la vocería de los derechos humanos en un ambiente de represión -inicialmente en tras escena- en el cual las estrategias de protección y defensa de la seguridad, llevaron a la impudicia de las dictaduras militares. La cultura o lo que se entendía como cultura se volvió peligrosa y se identificaba en ella un velo de las ideologías de izquierda. El desconcierto que produjo la fotografía de Gabriel García Márquez con Fidel Castro, sumado al ir y al venir de escritores – se le vio a usted entre ellos en varias ocasiones- con esa curiosidad olfativa ante la experiencia socialista de Cuba y la adhesión de Pablo Neruda a la campaña presidencial de Salvador Allende, evidenciaban tal sospecha. Intelectuales, artistas, pensadores, creadores populares, fueron objeto de persecución, cárcel, desaparición o muerte.

La cultura en su expresión artística quedó acorralada, impotente ante las agresiones de las cuales fue objeto y un imperio, de cultura oficial, se impuso como manera de ocultar la tragedia que ensombreció aquella oscura época de nuestra historia. Recuerdo sus campañas por movilizar la solidaridad internacional con la tragedia política de América Latina; creo que su fe, por esa práctica que dignifica al hombre: la solidaridad; sintetiza su concepción del papel que debe asumir el intelectual. La palabra solidaridad, se riega por las paginas dialogantes que usted puso como reflexión para comprender y atender las problemáticas sociales que demandaban algo más que un conocimiento o una teoría política, requerían una fórmula tan fantástica y reparadora de todos los males como el bálsamo de fierabrás, que tenía a la mano el padre de todos los cronopios, el Hidalgo e ingenioso Caballero de la Mancha; sólo que en nuestro caso, no debemos dudarlo, sería un bálsamo de solidaridad.

Pasados los años de militarismo, y restaurados ciertos espacios de las democracias, tocó pensar nuevamente que era eso que a nuestros oídos llegaba con el nombre de América latina. Los dolores causados nos pusieron a cavilar sobre esa realidad geográfica y fundamentalmente a tratar de encontrar la identidad como esa fragancia que a todos los países de éste continente, nos envolvía con su aroma. Descubrimos sorprendentemente una vasta comarca de imágenes, de imaginaciones, de imaginarios que nos relataban, nos describían, dibujaban nuestra personalidad. Se llamaban Macondo, Santa María, Comala, Sertao, desierto, selva, pampa, llanos, mar, selva y en su caso ese París que se comunica con Buenos Aíres a través de un túnel de afinidad espiritual. América latina se nos antojó como un territorio de creaciones y de alguna manera lo real y la ficción, la imagen y la sobreabundancia de imagen -que adivinó su cercano José Lezama Lima en la cotidianidad- legitimaron esa identidad. Se queja usted de ausencia ante Fernández Retamar. Nombra, hasta esa fecha del 10 de mayo de 1967, dieciséis años por fuera de Latinoamérica y si ha de sumársele los veintinueve años desde su muerte, hasta éste 13 de febrero de 2013, hay 45 años, de una presunta ausencia. Pero no hay tal, su presencia, tanto en aquellos tiempos que bien supo argumentar, por la infatigable atención en los asuntos concernientes a nuestro destino histórico, como el innegable acompañamiento de su obra- que sigue sorprendiéndonos por su insólita estética- aseguran la cercanía que nos mantiene a un milímetro de misteriosa cercanía, no tan aterradora como la de aquella Continuidad de los parques, detrás del sillón a punto de hacer realidad el terrible final de la pagina. Se lo digo -aunque no he permanecido mucho tiempo lejos del terruño- : llevamos el sentimiento natal a cuestas y la patria se instala también en los exilios, más allá de las circunstancias de la nacionalidad que quiere encajar el azar y fijarnos, como una ficha del ajedrez, en un territorio circunscrito de fronteras. Además me gustaría agregar que la memoria le da mapa a la región lejana y los recuerdos devuelven los olores de la vida que ni siquiera la muerte puede suprimir. No se requería de esa mole de corporalidad, humanidad mejor, discretamente amable, o gentil en el abrazo de sus manos enormes, para saber que usted siempre ha estado ahí. Considérese, desde su estancia y permanencia en Europa, un latinoamericano, ha sabido muy bien “escuchar las voces que entran por cualquier cuadrante de la rosa de los vientos.” Ayer lo era, hoy lo sigue siendo y, agrego: aún le perseguimos con ingenuidad y, tal como usted prefiere, con ardor de cronopio.

El sentimiento que usted allana en la carta lo ubica con explicita sinceridad desde una procedencia de visión europea; silenciosamente se adivina, entre líneas, una discusión interior por la responsabilidad de exponer una perspectiva fuera del ruedo – usted diría, fuera del ring-; el temor de estar dando palos de ciego, le cuestiona frente al acierto o no de transitar por el rumbo que coincide con la perspectiva de quienes están ahí en la realidad inmediata y con los guantes puestos para mantenerse en pie hasta el último round. Comparto la inquietud y valga resaltar, que su punto de vista se encaminaba por un sentimiento planetario, hoy decididamente instalado entre los visos globales de la sociedad contemporánea. No erraban sus consideraciones de exponer su visión desde esa orilla, entendiéndose como un hombre que, apalancado por su certeza moral, se esfuerza en ponerse en la piel del otro para dotarse de una comprensión que enriquece el análisis; todo lleva a una mutua necesidad de dilucidar el asunto que se ha puesto en discusión: el del intelectual latinoamericano, su responsabilidad y compromiso ante el momento histórico. Se descubre entonces que los problemas coyunturales y específicos, son a la vez, síntesis de la problemática mundial y de la búsqueda común para lograr la paz, “fundada en la justicia social”, tal como usted esclarece, por lo cual esa batalla de la humanidad, tiene su línea de fuego en cualquier lugar y hoy más aún, cuando el anhelo sigue siendo el mismo, afectando, en mayor ó menor medida a los “ciudadanos del mundo”.

Nada, ni nadie se siente, en las circunstancias actuales, invulnerable; los conflictos locales se convierten en peligros mundiales y los hechos dolorosos, sus noticias, nos llegan con una inmediatez que pareciera adelantarse al presente mismo del hecho. La tragedia se instala bajo una realidad virtual.

Cuanto no sería su asombro de haber visto como se banaliza la realidad cuando se convierte, aún en el caso de lo más terrible, en una realidad mediática: como si se tratara de un espectáculo se han trasmitido en directo, los brotes de guerra de ésta primera década del nuevo siglo, también los embates de las fuerzas naturales se atrapan con la apariencia de noticia, para hacer de la información un “reality” cuya intimidad se ofrece para la curiosidad de millones de espectadores en el mundo. Hasta la verdad se ha tornado mercancía. El planeta entero presenció, como si se tratara de una ficción visual, los atentados contra Estados Unidos. El rinoceronte furioso y portentoso es indefenso ante los tormentos del diminuto insecto que vuela en su derredor.

Nada es pequeño cuando proviene del odio acumulado y de la oportunidad de venganza. Aquel terrible hecho universalizó la conciencia de colectividad y nos recordó que la humanidad es una sola, uno su dolor y una, si así lo quisiéramos, su felicidad.

Hay una trasfusión de sangre en la economía que nunca debió hacersemetáfora inevitablemente irónica sobre su suerte personal- al inyectar bajo la fórmula del neoliberalismo, una predominancia, una anulación de los intereses sociales, una muerte del hombre que dio poder a la banca, figura múltiple, inatrapable, que no tiene un nombre, una cabeza reconocible, sino que escuda intereses multinacionales que deciden el destino del mundo y ponen y quitan formas de gobierno que protegen sus tentáculos extendidos globalmente. La Europa de sus entrañas, en la cual encontró el ambiente de su fuerza literaria diseñó una comunidad que bien pudiera haber sido el ejemplo de un mundo mejor, libre de fronteras y unido bajo una aspiración de bienestar común, pero infortunadamente sirvió de experimento para inocular el poder económico de la banca, que sin necesidad de la destrucción invasiva que tuvo la Segunda Guerra Mundial, logró someter a su dominio la política social y barrerla de tajo, evitando su aplicación en las políticas internas de los países europeos.

Así que la cuestión no apunta a la especificidades, ni a la localidad contextual, porque las dimensiones del problema son mundiales, y la lucha es por la humanidad misma, por la recuperación de su primacía como objeto del desarrollo; conviene reconocer que vale la pena traer de nuevo esa concepción de Marx sobre la producción de los bienes: éstos deben estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio del bien. El dinero, las ganancias, las armas, el tráfico de drogas y el negocio de la sexualidad, todos ellos elementos que denigran de la condición humana, generan las grandes ganancias, las mismas que circulan limpiamente por los bancos del mundo.

Ante los males traídos por la acumulación de riquezas que se quedan en un-no lugar y creciendo por encima de la inmensa pobreza, anima a impulsar, en el escenario global, postulados universales. Kant quien concibió, en la modernidad, un sujeto universal, lo entendió como posibilidad de una ética planetaria forjada en los ideales de bienestar de la humanidad. Esa ética planetaria se ha retomado desde los organismos comprometidos con el desarrollo social, en especial aquellos que han asumido recordar, de todos los modos posibles, que la cultura es el ámbito natural del hombre y lo que ha construido tanto material como simbólicamente, es dimensionar su capacidad creativa, rasgo que engrandece al hombre y lo enaltece mucho más que la estela destructora de sus ambiciones. Y no ha sido solamente por esas organizaciones, sino por cada sector, grupo o individuo comprometido en el acto creador; acto que se erige señalando una alternativa que continúa la línea de lo humano en las tendencias del desarrollo. La cultura, su universalidad, es la gran aportadora de esa visión que, en aquella época, inquietaba al intelectual y que hoy nos llama a ejercerla como una gestión colectiva no focalizada, sino irradiada por todos los lugares del planeta para enfrentar, en común, el salto mortal que está a punto de lanzar la humanidad hacia el anunciado abismo.

En cuanto a la cuestión del socialismo como vía futura en el camino de la humanidad y la expectación sobre Cuba, que iniciaba en América Latina ese tránsito inexplorado en nuestro continente -asuntos ambos sobre los que usted se ocupó con frecuencia y eran materia de sus reflexiones políticas, sin contaminarlas en sus preocupaciones estéticas, ni de abandonar en la labor de escritura una literatura “cuya raíz nacional y regional está como potenciada por una experiencia más abierta y más compleja, y en la que cada evocación o recreación de lo originalmente mío alcanza su extrema tensión gracias a esa apertura sobre y desde un mundo que lo rebasa y en último extremo lo elige, lo perfecciona…”- y queriendo encontrar respuestas a tantas dudas y tantas versiones a favor y en contra, me despierta – y debería avergonzarme, pues en carta blanca debería yo darle cuenta de ello- una curiosidad por saber cuál sería su pensamiento, ahora, cuando China con su inserto de práctica capitalista y gobierno comunista se aproxima a ser primera potencia mundial; quisiera imaginar su opinión, ahora, cuando el modelo de socialismo soviético se desmoronó- casi que sorpresivamente-, dejando empezada una disputa entre adeptos y opositores, y cuyas causas no dejan de ser enigmáticas y su comprensión apenas deja ver una desmoralización entre los más soñadores y una maligna sonrisa entre sus enemigos; y en especial, me intriga conocer cuál sería su postura, ante la Cuba de hoy, que persiste en su vocación a mantener un socialismo solitario entre presiones y embargos, entre condenas y admiraciones, entre escepticismos y fe a las causas perdidas, entre la dignidad y la precariedad del no consumo.

Su carta ha vuelto a mi en éstos días cuando acongojado por la desmemoria, que quiere enterrar indescriptibles acontecimientos en la reciente historia de mi país y al observar a la vez la indiferencia de nuestros intelectuales, aparentemente libres de responder por su complicidad silenciosa; y abrumado también por ver, para mi desconsuelo, como se expande la futilidad de esa cultura “light”, en la cual el uso de la realidad cotidiana en la televisión -con su penetración a la intimidad para hacerla objeto de una desnudez ante los millares de miradas que aplauden el ridículo – se promueve como el gran programa familiar. Lamento como, con el amparo de todos los medios, se quiere ofertar esa aparente cultura como la panacea a la tragedia contemporánea, maquillada de un bienestar consumista que empeña la capacidad de pensamiento al obnubilar el sentido crítico, fomenta el individualismo con su desprecio a la solidaridad, confunde la sensibilidad con su tergiversación de la realidad y alucina con su espectacularidad mientras anula toda verdad, vuelta ya mercancía comprable.

Entre la desesperanza de estas dos sensaciones, recordé cuanto circulaba, ese texto, en los años setenta, y llegaba- como si fuéramos nosotros los destinatarios- a nuestros espacios de encuentro: aulas, cafés, grupos de estudio; produciendo amigables enemistades entre quienes discutíamos sobre si elegíamos a ese Cortázar, en cuyos libros encontrábamos “latencias, de vislumbres, de aperturas hacia el misterio y la extrañeza y la gran hermosura de la vida.” El mismo que explicitaba la “entrega total y fervorosa a los problemas estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad…” ó si preferíamos a aquel que enfatizaba:

“si alguna vez se pudo ser un gran escritor sin sentirse partícipe del destino histórico inmediato del hombre, en este momento no se puede escribir sin esa participación que es responsabilidad y obligación.” Ó más explícito aún: “nada de todo eso se justifica éticamente si al mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos, si no se asume decididamente la condición de intelectual del tercer mundo en la medida en que todo intelectual, hoy en día, pertenece potencial o efectivamente al tercer mundo puesto que su sola vocación es un peligro, una amenaza, un escándalo para los que apoyan lenta pero seguramente el dedo en el gatillo de la bomba. Y un poco más: “un escritor digno de tal nombre no puede volver a sus libros como si no hubiera pasado nada, no puede seguir escribiendo con el confortable sentimiento de que su misión se cumple en el mero ejercicio de una vocación de novelista, de poeta o de dramaturgo.”

Ahora que bajo la ficción de éstas líneas he tomado la confianza de escribirle, confieso que me inclina mi sentido por la creación en tanto que ella misma, ya es en sí una apertura hacia esa dimensión estética que enriquece el mundo y lo dota de un misterio que se revela en el goce de intuirlo en su enigmática naturaleza que es, de hecho, la misma naturaleza de nuestra razón de ser como hombres; nuestra grandeza espiritual si queremos acudir a esta forma de nombrarlo para comprenderlo mejor. Y por igual me inclino a reclamarme en un compromiso con un presente al que me debo y del que hago parte; digo reclamo para exigirme, pues suele suceder que somos débiles ante las veleidades de la fama, propensos a mantener esa falsa prudencia que no se atreve a molestar con la verdad para no incomodar a los de al lado, y sumisos para no sacrificar nuestra aceptación social en un mundo que margina y desconfía de quien pega el grito.

Usted lo expresa con admirable lucidez al concluir su carta:

Cuando leo un párrafo semejante, sé cuál de los dos elementos de mi naturaleza ha ganado la batalla. Incapaz de acción política, no renuncio a mi solitaria vocación de cultura, a mi empecinada búsqueda ontológica, a los juegos de la imaginación en sus planos más vertiginosos; pero todo eso no gira ya en sí mismo y por sí mismo, no tiene ya nada que ver con el cómodo humanismo de los mandarines de occidente.

En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de sí mismo como colectividad y humanidad. Estoy convencido de que sólo la obra de aquellos intelectuales que respondan a esa pulsión y a esa rebeldía se encarnará en las conciencias de los pueblos y justificará con su acción presente y futura este oficio de escribir para el que hemos nacido.

Sutil invención que se cuela en ésta carta, es el desafío de no acudir a un papel por encima de la mar, sino a un envío con la mediación de un cartero, cuya bicicleta traspase la barrera de la red y salve los incontables buzones virtuales.

¡Sí, tanto -mucho realmente-! ha cambiado el mundo desde que, sobre la mar, cruzó su carta con destino a esa Cuba de versos sencillos y zafras quiméricas.

Confío en la cabal entrega de ésta misiva por su condición de diálogo imaginario y libre del riesgo de terminar en el cementerio de las correspondencias extraviadas; cartas naufragas sin destinatario, cartas nunca enviadas, cartas con receptores equivocados, por lo cual espero, ésta no lo sea y encuentre su destinatario en ese círculo de eternidades que dan juego a un laberinto de encuentros y desencuentros. Por eso quizás estas palabras.

(*). Cortázar, Julio (1974) Último Round. (4a Ed).

Madrid, España. Siglo XXI Editores. Acerca de la Situación del intelectual latinoamericano.

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