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Publicado el: Mie, Dic 31st, 2014

Buscando la melodía


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musicaPor Guillermo Segovia Mora

“Si hay música, hay Vida”

Apuntes y anécdotas alrededor de la música, un componente fundamental de la vida, el amor y la amistad.

Casi al tiempo con las tristes noticias de las muertes del sonero borinqueño “Cheo” Feliciano, el insigne músico y compositor cubano Juan Formell, el percusionista boricua Armando Peraza  y de nuestro “Gabo”, Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura, melómano y autor del extenso paseo vallenato Cien años de soledad, irrumpió en el trasnoche, en abril de este año 2014,  ¡Fuera zapato viejo! Crónicas, retratos y entrevistas sobre la salsa en Bogotá  con la firma de Mario Jursich Durán, director de la revista El Malpensante, como editor. Al degustarlo llegaron en torrente recuerdos de  rumbas y  tragos, evocados por tanto sitio y personaje conocido que danzan por las páginas de ese compilado de prosa, color y sabor, almanaque sonoro y memoria musical. El capítulo que nadie me  pidió y lo que diría si me solicitaran un comentario.

Sin música no hay vida

De niño, un tío mujerero, a fuerza de cantar y escuchar Pedacito de mi vida de Celina y Reutilio en un plato negro de 78 rpm, me grabó esa canción en el alma. No sé dónde escuché por primera vez Hasta Siempre de Carlos Puebla, pero como muchos, hago el coro hasta dormido. Algún compañero de segundo de bachillerato (hoy séptimo grado) me pilló arrastrando los pies con algún chucuchucu y, después de severa carcajada, me preguntó: -Loco ¿tú no has oído Sonido Bestial de Richie Rey y Bobby Cruz? Y no, no lo había escuchado. Lo oí y me volví fiel del “Viejo Mike”, Miguel Granados Arjona, del “Show de la Jirafa Roja”, en la Voz de Bogotá y, luego, en Radio K.

La primera vez que dancé Lupita de Pérez Prado fue en una discoteca de Sandoná y, en Pasto, escuché por primera vez “Cuba patria querida, la patria de Maceo y de Martí” de los Guaracheros de Oriente, en ambos casos diez años después de haber sido éxitos. Mambo y son en las alturas andinas, licencias de las libaciones en el Carnaval en el que La guaneña y el Son sureño suenan sin parar. Aunque seguí arrastrando los pies con Los Melódicos y la Billos, brincando con Fruko y sus tesos y Nelson y sus estrellas, lamentando amores con las baladas, apurando un aguardiente con los boleros y mandando uno que otro tango, con los años la salsa y la música cubana se inyectaron  en mis venas.

Al final de la adolescencia, los revolucionarios 70, recogiendo centavos, un buen grupo de compañeros nos fuimos a Cali a un encuentro nacional de comités de solidaridad con la Revolución Sandinista y el pueblo salvadoreño. Frente al apartamento que nos prestaron para la estadía estaban inaugurado un bar salsero, el que una vez entramos dejó a nuestro cuidado el irresponsable administrador, con una petición ingenua: -Muchachos ¡échenle  un ojito! Y así fue: fijamos la pupila en el bar. Sedientos y vaciados, bogamos cerveza sin parar coreando ebrios y abrazados: “Ella va triste y vacía”,  “Tu amor es un periódico de ayer” y “No importa tu ausencia te sigo esperando”, antes de salir “volados” para Juanchito. Por entonces, los festivales del periódico Voz, año tras año, nos ofrecían la oportunidad de disfrutar de las mejores orquestas cubanas picados con botellones de chicha.

En la banda sonora de mi travesía entraron: La Matancera, Portabales, Matamoros, el Septeto Nacional, Machito, Los Compadres, la Aragón, Tito Puente, Tito Rodríguez, Cortijo con “Maelo” Rivera, Bemba Colorá e Isadora Duncán de Celia, “Cheo” Feliciano, las Estrellas de la Fania  y un montón de  elepés de música dominicana, boricua y neoyorikan que algún amigo en apuros le dejó a ella en custodia y que eran de culto entre la izquierda distendida de la época. Y los que sonaban en el momento: Rebelión y Mary de Joe, Buscando América, Plástico, y Pedro Navaja de Rubén; Idilio y Gitana de Willie Colón; Los Rodríguez, el Gran Combo, Los Niches, Guayacán y Niche, Son 14 y la Original de Manzanillo. Silvio, Pablo, Serrat y Mercedes.

Entre versos, rones y sones

De ahí en adelante, la música se volvió una obsesión. A la provocación contribuyó la sabrosura y camaradería del “negrito” Viera quien armaba sancochos trifásicos o saraos salpicados de ron, charla y sus disertaciones temáticas con lp en el tocadiscos y él con la carátula en la mano, dando cátedra ante un auditorio deslumbrado. Carlitos “Alguien”, quien inspiraba sus “monos” con buena melodía y siempre jugaba a sorprender. Y el cariño de Ismael Carreño, quien en los sitios donde fue musicalizador, en sus programas radiales, en la ambientación de los rumbeaderos y restaurantes que abrió y cerró, y en los encuentros de coleccionistas que organizó (y sigue animando) siempre hizo su aporte para el conocimiento del infinito mundo de la música en algunos de sus ilimitados géneros.

En su refugio en Kennedy varias veces nos cogió el amanecer pidiéndole grabar una y otra versión, achantados por el antojo de temas desconocidos e inmarcesibles, escapados de los estantes donde atesora las joyas de una discoteca heredada y donaciones deslumbrantes que llegan a las manos de ese amante de la melodía. A “Maelo” le debo, conocer la estupenda banda musical de la primera película sobre el Che Guevara compuesta por Lalo Shifrin, La cinta verde cantada por Milthiño y Prende la vela en  versión de Celia Cruz.

Después, por la libre, otras orquestas nuevas y añejas se sumaron a mi discoteca y preferencias: los Lebrón, Manny Oquendo, la Ponceña, Roena y Apolo Sound, Raphi Leavit y La Selecta, Africando. Vino el encanto habanero, tras sucesivos viajes a la isla generosos en ropa vieja, mojito y Cohiba.  Irakere, Arsenio “El ciego maravilloso”, Benny Moré, La Lupe, Freddy, Celeste, Chapotín y Miguelito Cuní, Roberto Faz, Abelardo Barroso y La Sensación, Tata Güines, Changuito, Angá, Los Papines, Yoruba, Los Van Van, Revé y su Charangón, Los Dan Den, NG la banda y Yumurí. Uno tras otro cd, algunos verdaderas joyas encontradas en rastreos inimaginables, fueron engrosando  una colección que suma cientos, en música de todos los géneros.

A mediados de los 90, tuve el deschavete de trasmitir casi todo un concierto de la Fania desde El Campín por celular en Radio Melodía, donde los viernes realizaba “La esquina latina”. Para llegar, desde el Hotel Tequendama, en medio de un trancón endemoniado, tuve que ceder a la petición de “KId” Pambelé -que también iba para el concierto-, que lo llevara. Enfurecido por una mención del conductor a su tratamiento contra la adicción, le propinó un tremendo puñetazo que le hizo girar la cara dos veces y a mí botarme del taxi en prevención. Me contaron que al escuchar mi perorata entusiasmada desde el estadio, el dueño de la emisora, desconcertado, hacia rotar su índice sobre la sien frente al control master. Todo sea por Juan Pachanga.

Vicio latino: Buenos Aires, Nueva York, Habana

Las anécdotas no solo son con salsa. En Buenos Aires, después de una patoneada proverbial, mientras con mi amigo Darío Salazar husmeábamos la lista de precios en la cartelera de vidrio a la entrada del Viejo Almacén, el amable mesero  convidó: “-el primer whisky es cortesía de la casa”. Adentro, una pareja de gringos recién casados, engañados por nuestra supuesta experticia en el tango, nos mantuvo la dosis hasta que, micrófono en mano y abrazados con  los ilustres tangueros de nómina esa noche, Juan Carlos Godoy y Alberto Podestá, coreamos a despecho: “Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. ¡Casi nada! La cruda fenomenal nos hizo incumplir una cita rogada con nuestro querido Leonardo Favio, oportunidad sentimental y  primordial que nos regalaba el viaje. La perdimos. Nos negamos en la vida abrazarlo para agradecerle: “Quiero aprender de memoria, tu risa tu pelo, muchacha de abril”.

Unos meses después, con el mismo Darío, fracasamos tratando de sacar adelante una taberna en líos de la que unos amigos se desenhuesaron, gracias a nuestro candoroso entusiasmo. La bautizamos “Isla Negra”, en remembranza de la casa de campo de Pablo Neruda, pues el edificante nombre que tenía (Bar Ético), fue deformado malamente por los mamagallistas que lo frecuentaban, al  juntar las dos palabras. La única vez que se llenó, las clientas nos impusieron que, salvo los propietarios, no admitirían ningún hombre. Seguramente no fue el primer bar lésbico de la ciudad, pero sí el único que solo duró un día.  Difícil de sostener un negocio cuando ante la falta de clientes, los viernes nos bebíamos la cerveza con los amigos y las amigas, pues siempre había un motivo para destapar la primera.

En  Nueva York,  llegados en la madrugada de Washington en un bus mochilero agenciado por chinos, que olía a arroz chino, y luego de andar la ciudad frenéticamente todo un día con mi  hermano Pablo, alguien nos orientó al club nocturno Copacabana. Tras  una despachadora pista de reggeton en el segundo piso, en el tercero, la ciudad le ofrecía un homenaje a Willie Colón y el trombonista con su grupo nos deleitaron toda la noche, a la carta. Apenas unas horas después, en el Central Park, besamos el recordatorio de Lennon y en un Tower encontré un cd de Eva Ayllón buscado por años. ¡Maestra vida cámara, te da y te quita, te quita y te da!

El último lustro del siglo XX fue prodigioso para los amantes del son y la música cubana de la vieja guardia (¡gocetas del mundo uníos!), con Buenavista Social Club, Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, “El Guajiro” Mirabal, Pancho Amat, Eliades Ochoa, Rubén González, Manuel “Puntillita” Licea,  Manuel Galván, “Aguaje” Ramos, “Barbarito” Torres, Los Jubilados, La Vieja Trova Santiaguera, el Septeto Turquino, la Estudiantina Invasora, el Cuarteto Patria, la familia Valera Miranda, Frank Emilio, Omara Portuondo, Rudy Calzado y Jack Constanzo. Yo le cantaba a un nuevo amor con Ana Belén: “Cuéntame el cuento de los que nunca se descubrieron, del río verde y de los boleros”.

Y también la nueva onda de la isla: Asere, Orishas, Yusa, Polo Montañez, la Charanga  Habanera, NG la banda, Manolito y su trabuco, Andy Gola y colé colé, la Orquesta Mágica de la Habana, Buena Fe, William Vivanco. El Jazz: “Chucho” Valdés, Gonzalo, Rubalcaba, Roberto Fonseca, Jorge Rojas, Juan Ceruto, Hilario Durán, Soneros de Verdad. Los cubanos del exilio: Sandoval, D´Rivera, Isaac Delgado. Y el jazz latino en la “yuma”: Carl Tjader, “Poncho” Sánchez, Palmieri, Barreto, Bobby  Matos. Música en primicia en Musiteca, una tienda de discos que ofrece pócimas para el alma.

Cuba, por todas partes música

Había que ir a buscar la melodía y nos fuimos con mi hermano Pablo para la isla del caimán barbudo. Entre mojitos y daiquirís, noches vibrantes en el Delirio Habanero, la Tropical y el Café Cantante, oyendo por todas partes “De Alto Cedro voy para Mayarí, llego a Cueto y voy para Macramé. Cuando Juanita y Chán Chán…”, la fuimos encontrando.  En Santa Clara, después de la necesaria visita al Memorial al “Che” Guevara, los ecos de una cuerda de metales nos llevaron al portón ahuecado de un garaje. Un grupo de son ensayaba, mientras rotaban copitas de ron casero que compartieron “con los compañeros de delegación colombiana”, quienes entusiasmados nos entregamos a ese intercambio etílico musical. Tímidamente mi hermano se unió al grupo con la raspa, después se acercó al coro y terminó de voz líder. Mirando a mi cámara de video, el animado director del grupo Alejandro y su Onix, saludaba “-A Jairo Varela y su Niche, al gran “Joe” Arroyo. Algún día esperamos tocar en la bella Colombia”. En 2004 grabaron su primer cedé para Egrem.

Volví en 2006, para el tercer concierto “Todas las Voces, Todas” en homenaje a los 80 años de Fidel. Una maratónica y memorable programación cultural. En la sede del Instituto Nacional de la Música, durante un homenaje al cantautor uruguayo Daniel Viglietti, un poco a desgano por temor a que su presencia fuera malentendida en el exterior, Cabas y su grupo se desataron en fusión cumbiera, al punto que los excelentes músicos cubanos, contagiados se agregaron a la descarga. Cantaron Viglieti, el excelente compositor chileno “Pancho” Villa; Bernardo -de Los Olimareños-, Vicente Feliú y Trovandante, una exquisita ofrenda de poesía, trova y son, de Rochy Ameneiro, Augusto Blanca, Waldo Leyva y Pepe Ordáz, compositor del memorable “Son para ti” de Sierra Maestra. Una jornada inolvidable.

Todas las Voces fue un trote de cubanía y latinoamericanidad que comenzó a las 6 de la tarde en la Tribuna Antimperialista, frente al malecón, ante una impresionante multitud, con Pablo Milanés y Silvio Rodríguez y siguió un desfile enorme de artistas, que incluyó a Myriam Makeba, Mamá África, fallecida tiempo después. Mientras en la tarima se sucedían, entre tantos, Cesar Isella, Cabas, Viglieti, “Pacho” Villa, Vocal Sampling, Yoruba Andabo, la Camerata Romeu, Illapu, detrás del escenario, un grupo cercano al evento departíamos con una pléyade de estrellas en un momento difícil de repetir.

Antes de salir Piero a escena, me enteré que era la primera vez que cantaba en Cuba “Los Americanos” y “Mi viejo”. Cerca de las 6 de la mañana, con el anuncio de NG la banda, Manolito Simonet, Yumurí y los Van Van, mi amigo “Coco” López, periodista argentino conocedor de la idiosincrasia cubana, sentenció: “vámonos que aquí la rumba nunca termina”.  La despedida de La Habana esa vez fue amanecida con ron alrededor de la piscina en charla bohemia con Piero de Benedetti y Roberto Márquez, director del querido y combativo Illapu.

La salsa en Bogotá: gozada y narrada

El libro Fuera zapato viejo, nos pasea por la cartografía de la sabrosura, desde mediados del siglo XX, cuando la fría y gris ciudad de los “cachacos”, empezó a convertirse en la capital multicultural y pluriétnica  de los colombianos. Como ya lo habían hecho Nelson Gómez y Jefferson Jaramillo, en Salsa y cultura popular en Bogotá -un texto más interpretativo y modesto en su presentación pero que debió ser fuente primordial para Jursich. En los 50s la música costeña de porros y cumbias, de Lucho Barmúdez y Pacho Galán, se tomó centros nocturnos y clubes para ofrecerle otra forma de vivir la vida a una sociedad recogida en la seriedad, la soledad y la melancolía, ante el escándalo de los hispanistas nostálgicos y “goditos” chapados a la antigua. Que vivan los novios, una timorata rondalla de Emilio Sierra había movido el miriñaque y Julio Torres puso a menear discretamente las rodillas con Pomponio y El aguacero. Después vendría el turbión de Guillermo Buitrago y sus muchachos, el “negro” Meyer, Los Corraleros y Bogotá dejó los pantalones cortos.

Se mencionan sitios como Mozambique, La Gaité, el Tunjo de oro, Melodías, La teja corrida, Quiebracanto, Salsa Camará de Gilberto Valdés (de la 34 con Caracas a la Zona Rosa) y El Goce Pagano de la 22, el original, donde se azotaba baldosa y escanciaba  guaro “ventiado” mientras se cuadraban protestas y operativos con la presencia de personajes que al otro día aparecían fotografiados en la prensa como comandantes de macondianas guerrillas. Apenas se nombran, mereciendo mayor atención, Sonfonía de Fernando España y Ramón Antigua, taberna de Leonardo Álvarez que fue tarima de buena parte de la movida rumbera bogotana. En ese ambiente, Aristarco Perea montó la Casa del Chocó, Berta Quintero puso a sonar la orquesta vanguardia de hembras Cañabrava, nacieron Niche y Guayacán y Bogotá en salsa se hizo capital.

Con perfil y entrevista Fuera zapato viejo incluye  a  Café Libro (el de la 45 que subsiste al lado de Café Bohemia, los desaparecidos de la 15 y la 83, y el emblemático del Parque de la 93) de Consuelo Neira y el “Mono” Littfack  quienes le pusieron el sello cultural al que terminó siendo el bailadero más conocido de la ciudad. Así mismo, el siempre original y diferente Quiebracanto de Álvaro Manosalva, a quien sorprendí gratamente con una copia de Marina de Noche, tema musical de la telenovela homónima -algunos de cuyos capítulos se grabaron en el sitio-, compuesto por el extinto Jaime Ortiz Alvear -un perfil lamentablemente ausente en el libro- e interpretado por el grupo de Alfredo de la Fe. El melodrama fue  un homenaje a La Candelaria y sus noches culturales y bohemias, encarnado por la bella y recordada María Eugenia  Dávila.

También aparecen Salomé pagana, el templo tradicional de “Pagano” Villegas -que cuando cierre, clausura una época-  y Son Salomé, la pequeña y simple pero imprescindible pista atiborrada de bailadores atraídos por la buena música y la camaradería de “Chepe” García. Rememora, entre otros, a discotequeros pioneros como Senén Mosquera (Mozambique) y  “El Mono” Tovar (La Gaité), los músicos Pantera, Washington y “Michi” Sarmiento, bailarines, productores y coleccionistas.

Se nota la ausencia de Casa de citas, el agradable estar de Carlos González en La Candelaria, apenas citado, quizá porque para el criterio editorial no ha tendido la connotación de un salseadero o de pronto porque, junto con otra cantidad de material, quedó esperando turno dado el tamaño de la publicación, como explicó Jursich en respuesta al reclamo retador de César Pagano, durante el lanzamiento en la Filbo, de por qué no se había incluido un texto suyo, al que se refirió como el prólogo pero que el editor evitó mencionar así. De todas formas, con Estación nocturna, el hermoso libro conmemorativo de los 20 años de Casa de citas, generoso en fotografía testimonial y textos deliciosos de poetas y escritores, se rinde homenaje al lugar de gratos momentos musicales, buena comida, cata de vinos, charlas amenas y disfrute de la noche. Casa de citas ha sido el escenario de los retornos y tránsitos del muy querido pianista pastuso Edy Martínez,  personalidad del mundo de la salsa y el latín jazz, desde que con el sello del sitio se produjo la primera edición de su trabajo Privilegio.

El gran combo de Pasto rico

Entre las  páginas de Fuera zapato viejo me entero de que Bertha Quintero, alma de la rumba bogotana y pionera de las orquestas femeninas, se juntó con Edy Martínez, a instancias del antimperialismo del momento de Carlos Lucio, para grabar, con un elenco bravo que contó con la voz del fallecido Jimmy Sabater, un repertorio que incluía el tema “La certificación”, protesta por la amenaza de sanción de Estados Unidos contra el gobierno de Ernesto Samper y que obligó a Edy a salir de prisa del país por las connotaciones políticas de la producción. Al parecer una exquisita grabación que permanece virgen en las cintas originales a la espera de un melómano acucioso que  la publique.  A propósito, recordé que la Red de Solidaridad Social patrocinó una grabación dirigida por Francisco Zumaqué y Bertha, con temas dignos de mayor escucha, como Sol y dar y dad, que urge rescate.

A la grandeza musical y al amor de  Edy por su terruño se debe una soberbia versión de La Guaneña en latín jazz con Dave Valentín en la flauta. En 2013, en correspondencia afectiva, el público pastuso lo aplaudió a rabiar cuando subió a la tarima del Teatro Imperial para improvisar “Como fue” con Paquito D´Rivera, un viejo conocido, al que entregó el reconocimiento de la VII versión de Pastojazz (Sí, en Pasto hay un soberbio festival de jazz).

Otra revelación sensacional del libro es que, si la suerte no les hubiera sido esquiva, un grupo de músicos nariñenses habrían podido ser la mejor orquesta salsera de Bogotá si no de Colombia: Los Blistons. Un nombre fatal para una nómina estelar: Los hermanos Rosales  y los hermanos Fernando y Germán Villarreal, timbalero, de Pasto y Hugo Ortega, exitoso compositor y bongosero ipialeño. Sin embargo, Los Rosales, con Séptimo Sentido, hicieron una fenomenal incursión en el jazz latino y  son destacados en ámbito musical; Villareal, quien tocó al lado de Tito Puente, con su orquesta Mambo Big Band realizó el trabajo Con permiso de mis mayores, versiones de clásicos del género que se volvieron a imponer aquí y en el exterior. Ortega es un autor versátil que ha participado en importantes proyectos disqueros y orquestales. Falta el titán Oscar Salazar que de su bolsillo  sostiene la única disquera regional de Colombia y Fuego de volcán, el catorce cañonazos de la música nariñense.

Por desconocimiento no se menciona un precioso trabajo del quinteto Cámara Jazz, conformado, entre otros, por el bajista y arreglista pastuso Javier Martínez Maya y el trompetista sandoneño Eduardo Maya, quienes grabaron el cd doble Standars para Yoyo Music. Maya con su grupo de jazz latino  impuso en Holanda, a comienzos de siglo, el trabajo Sensations, desconocido por acá. En los 70s se hizo sentir en las pistas salsosas del país con el lp. Emma mía, como orquesta de planta del Aruba Concord, y en los Carnavales de Pasto la Sonora Mayancera impuso los  éxitos Ñapanguita Cumbiambera y Blanca morena. Los hermanos Maya se fajaron una versión de La guaneña en jazz latino de infarto.

El  aporte de los nariñenses al guateque capitalino ha sido sustancial pues a los nombrados  se suman las temporadas bogotanas de Edy Martínez, la crónica apasionada y especializada del periodista José Arteaga, quien se desempeña como programador estelar de Radio Gladys Palmera en Las Canarias y es autor de Oye como va. El mundo del jazz latino, un documentado y ameno libro sobre el género publicado en España. Arteaga presenta en Fuera zapato viejo su testimonio como cliente de la Quinta sinfonía y los primeros bares salseros y un texto sobre el lastrado primer concierto de la Fania en Bogotá en 1980.

En otro aparte del libro se hace un perfil de James Ortega, pastuso, alma de Boricua, sitio salsero en el noroccidente de la capital. Otro paisano amante y promotor de la salsa, mencionado en algunos apartes, es Fernando España, realizador de programas radiales y fundador de un bar precursor: Sonfonía. También se cita a Javier Apráez, quien de las peñas culturales con música protesta pasó a conformar los exitosos Carrangueros de Ráquira y ahora experimenta sonoridades en el Valle de Atriz a las faldas  del Urcunina.

La entrañable Musiteca

Entre los detalles que me obsequiaron en La Habana, en mi primer viaje a comienzos de los 80, había dos elepés: uno de Los Van Van y otro variado que en el lado b contenía un mosaico sonero de Revé y su Charangón con temas de Juan Almeida, comandante de la Revolución y compositor. Al oído, el de Formell me sonó extraño. Se lo cambié a un hombre de las casetas de libros y discos que había entonces en la calle 19, por otro de Revé que contenía La ruñidera, tema que se me pegó en los patios habaneros: “Apurruñame mamá”.

Tiempo después, regresé al sitio a preguntar por Temporal de Tony Croato, el hombre sacó el elepé de un cajón y con orgullo de sobrado vendedor parló: “-Lo acabo de traer de Venezuela. Exclusivo mi don”. Desde entonces conozco a César Álvarez, con quien con el tiempo y con una parte grande de su clientela, construimos una deliciosa cofradía. Un corte de ese larga duración, María María, de Gualberto Ibarreto, programado en una emisora de Otavalo, me sirvió, muchos años después, de canto liberador llegando a Cayembe, rumbo a Quito, para celebrar a garganta partida un amor frenético y fugaz.

Durante la alcaldía de Andrés Pastrana, el gobierno distrital construyó el Centro Cultural del Libro Temel para ofrecer una alternativa a los libreros estacionarios y ambulantes de la 19. La mayoría de los disqueros prefirieron comprar locales e instalarse en centro comercial Omni, en la esquina noroccidental de la 19 con carrera 8ª, entre ellos Saúl, hermano de César y comerciante disquero al que los melómanos de la ciudad, en particular los del rock y las músicas del mundo, le deben el haber conocido las producciones casi al tiempo del lanzamiento internacional y a costos razonables, lo que permitió un conocimiento de vanguardia en materia musical.

César se fue con los libreros al Temel y durante algunos años atendió un pequeño negocio, donde lo volví a encontrar. Luego de encargarle varios casetes con selecciones de baladas y comprarle uno que otro disco, en un trance me mostró su calibre. Urgido por cambiar un cheque de un valor importante, no sin algo de pena, le sugerí el asunto, su respuesta: “-Diga no más ¿entonces para qué son los amigos?”. Franqueza y disposición  que le ha deparado no pocos dolores de cabeza pero también la gratitud de la gente firme.

Me lo volví a topar, ya en el segundo piso del Omni, en un bonito local con estanterías, exhibidores y mesones en madera oscura, tras los cuales se mal disimula un refrigerador. A punta de música y cerveza he conocido varias amistades del presente, extrovertidas, libérrimas, libertarias y amantes irreductibles de la música. César y su Musiteca se convirtieron en el nicho bohemio de un grupo de gente que con la edad recorrida ve la posibilidad de cambiar las cosas sin renunciar a la sonrisa, se traga menos cuentos, todos los días derriba creencias, para la que todo está en cuestión y solo aspira a que cuando llegue la hora, los ojos se cierren para siempre escuchando la música de su vida. Es tal la complicidad que esa confraternidad se llama parche.

En ese templo la liturgia comienza con la pregunta emotiva: -¿No ha llegado nada? El monje tonsurado, luego de una sacudida de cintura y tres alaridos bastante entonados, haciendo coro a la novedad que suena en el equipo de sonido, saca una caja de cartón para convidar la ofrenda a Orfeo. Luego, con paciencia, coloca algunos temas requeridos por el comprador, se sirve una cerveza, pregunta al cliente si le provoca, lo atiende. Luego de un rato mira el arrume de cd´s solicitados -para ver si se justifica la atención-, invita otra cerveza, cierra la cuenta exagerando el monto para, después de una risotada, decir que con el descuento queda en lo que es. Recibe el pago y se despide del o la visitante con un beso o abrazo, o ambos, según sea el caso. Da un giro hacia el grupo del fondo  y con cara de malas pulgas  grita: “-Esa si es gente que vale la pena, no como otros que llegan a hablar carreta, calientan una cerveza toda la tarde y no compran nada”, para estallar en una desembozada carcajada. ¡Al César lo que es del César y adiós porque ya me voy!

Ese grupo, en el rincón,  habla de arte, de política, de historia, de sucesos, de conciertos, de música, cuenta chistes y anécdotas, hace chanzas, toma cerveza,  se entera de las últimas noticias sobre la música caribeña, la salsa, el son, el jazz latino y, desde luego, los sonidos colombianos, pues César por vocación es promotor de los grupos nativos de las costas y andinos. Los amigos más avezados se apropian del tornamesa, el reproductor de cedé o el Ipoh, ante el inicial fingimiento de rechazo del “calvo” y se entregan a mal disimuladas emulaciones, pues la mayoría tiene por dentro un discomano escondido.

Varias divas son objeto de admiración del combo de Muisteca, entre ellas Tania Libertad, Susana Vaca, Buika, Lasha, Sasha, Lila Dawns, Niña Pastori, Celia, Omara, Martirio, Soledad, Lucrecia, Martina, Petrona, las cantoras con Alé Kuma y nuestra Diosa pagana, “Chavela” Vargas, “Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”. Mucho la lloramos. Como lamentamos y celebramos a Joe Arroyo “y siguió derecho…tumbando el techo” y a Jairo Varela “no puedo evitar que los ojos se me agüen”.

Al final de esas jornadas dionisiacas, César organiza el gigantesco maletín que siempre trae y lleva, lleva y trae; vacío o medio lleno. Llega la hora de partir en medio del ruego por “la última”, otro ratico y el inevitable ¿pa´dónde? Que fortuna conocer un sitio habitado por el goce y a una gente tan enamorada de vivir y de este andar.

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