Publicado el: Lun, Mar 2nd, 2015

BLANCO ES, GALLINA LO PONE…


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 hurtadoPor: Mario Serrato

María del Pilar Hurtado y Bernardo Moreno fueron condenados. A cada uno de ellos le esperan más de 15 años de prisión. Sus vidas, completamente arruinadas, no tienen un hacia adelante, un sueño por cumplir, un proyecto por realizar o la más mínima esperanza de trabajo en condiciones de dignidad.

Su compromiso con alguien en quien creyeron y por quien obraron de manera delictiva se diluye ahora en la forma de una celda, en un fracasado exilio sin honor, en la detención domiciliaria sin amigos y la vida profesional sin perspectiva.

Regalaron sus mejores años, y todo su futuro, a una causa y a un mesías que por ellos solo soltará una lágrima de utilería, un comentario amargado en los medios y una que otra reivindicación de sus nombres en algún pasaje aislado de su trasegar político. Uno o dos años después, los olvidará sin nostalgias.

Hace unos años los llamaban con frecuencia. En cada encuentro para recibir instrucciones, establecer estrategias, definir objetivos y entregar los resultados de las tareas ilegales, se les recordaba el servicio a la Patria, la entrega a la causa, el compromiso con la Historia y la inserción en el alma del país. Ahora, ni les pasan al teléfono y tampoco atienden a sus familiares.

Se creyeron el cuento. Se imaginaron una Colombia unanimista, compuesta por ciudadanos respetuosos de lo que se les indicara desde el poder. Una ciudadanía convertida a una sola causa, en la que nadie se opusiera o criticara lo que se decidía desde el palacio de gobierno. Una nación feliz, cobijada por el manto protector de la Seguridad Democrática, ideada y dirigida por un hombre al que consideraban insuperable. Un territorio liberado de los avatares de la oposición política y del terrorismo comunista.

Su papel en ese país de cucaña, como decía Estanislao Zuleta, consistía en limitar, y según la estrategia, con el tiempo, eliminar a quienes censuraran, a quienes expresaran la menor crítica, a los que de un modo u otro no tuvieron el privilegio de conocer o se rehusaron a aceptar  el mensaje de su líder. Fueron de algún modo los reintérpretes tropicales y tercermundistas de las primeras épocas de Stalin, Mussolini y Hitler. Pero a diferencia de los anteriores, lo poco que nos queda de democracia, no permitió su continuidad.

Un periodista judío, una senadora de raza negra, un político que con sus denuncias destapó las más oscuras alianzas entre gamonales políticos y asesinos profesionales disfrazados de camuflado y los magistrados de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia decididos a investigar, juzgar y condenar a esos políticos, se convirtieron en los enemigos del poder.

Los persiguieron, les interceptaron las comunicaciones, siguieron a sus familias y amigos, les instalaron sofisticados sistemas de escuchas en sus sitios de trabajo gracias a que compraron a humildes mujeres encargadas de servirles una taza de café, a las que después abandonaron a su suerte sin que les importara que fueran despedidas de modo humillante y con el estigma invendible de haber traicionado a sus patrones.

En su militancia ingenua y visceral a una causa arrogante y enferma de odio, abrazaron la idea según la cual todos los que no estaban con su líder eran terroristas irredimibles a los que se tenía que acabar.

Las escuchas ilegales, los seguimientos sin orden judicial, la difusión de información encaminada a destrozar honras y prestigios, tenían un solo propósito: mantener y perpetuar en el poder a su líder mesiánico.

Hoy se preguntan ingenuamente los investigadores de postín: ¿Quién ordenó las maniobras delictivas y quién se benefició con ellas?

La respuesta es tan simple como esta adivinanza infantil: Blanco es, gallina lo pone…

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