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Publicado el: Mar, Sep 24th, 2013

¿Barras bravas o barras de la muerte?[i]


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luis_carlos_osorio.jpg-copiPor Luis Carlos Osorio Rendón/ @lcarlososorio /

“Atrincherados en la cabina, el rey del micrófono califica y descalifica, atrincherados en la gradería, los jóvenes ardientes se envuelven en los trapos que les permite disfrutar de su gloria de un instante, o de su derrota que los devuelve a una realidad que no es de 90 minutos. Allá afuera, nada esta ganado, ni nada está perdido. Todo está por construir.

Dice Eduardo Galeano que “el fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua. El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de los objetos estridentes y contundentes, y ya por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío: nunca viene solo, metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho por vengar”.

Se oye hablar de las barras bravas desde distintos ángulos: medios de comunicación, dirigentes del fútbol y gente común, personas que fueron agredidas o vieron sus propiedades o pertenencias dañadas y los propios barristas. También se expresa preocupación desde la institucionalidad desde donde se buscan formas de afrontar el problema, de proponer políticas, programas y proyectos para darle una solución viable a esta inquietud que alcanza, a veces, aspectos de alarma pública.

Esto ha redundado en la proliferación de acciones que no están respaldadas por diagnósticos, razón por la cual no logran los objetivos deseados. Describir y caracterizar el fenómeno requiere tanto de la voluntad de los organismos públicos, como de la investigación académica y, además, la participación de todos los grupos involucrados, buscando respuestas y soluciones. Más que nada, porque es necesario distinguir entre unas barras y otras, pues no todas son iguales ni tampoco todas son “bravas”.

Retomando a Galeano, todo alrededor del futbol está asociado al lenguaje de la guerra: “Mediante una hábil variante táctica de la estrategia prevista, nuestra escuadra se lanzó a la carga sorprendiendo al rival desprevenido. Fue un ataque demoledor. Cuando nuestras huestes locales invadieron el territorio enemigo, nuestro ariete abrió una brecha en el flanco más vulnerable de la muralla defensiva y se infiltró hacia la zona de peligro. El artillero recibió el proyectil, con una diestra maniobra se colocó en posición de tiro, preparó el remate y culminó la ofensiva disparando el cañonazo que aniquiló al cancerbero. Entonces el vencido guardián, custodio del bastión que parecía inexpugnable, cayó de rodillas con la cara entre las manos, mientras el verdugo que lo había fusilado alzaba los brazos ante la multitud que lo ovacionaba”.

Este es solo un aparte de ese bello texto de Galeano “El lenguaje de la guerra” que también describe ese escenario de batalla que es el campo de futbol y que genera todo tipo de reacciones: “Sus hombres disparaban con la pólvora mojada, reducidos a la impotencia por la gallardía de nuestros gladiadores, que se batían como leones. Y entonces, desesperados ante la rendición inevitable, los rivales echaron mano al arsenal de la violencia, ensangrentando el campo de juego, como si se tratara de un campo de batalla”.

Ese es el referente de la confrontación, el de un campo de batalla, que genera todo tipo de reacciones. Atrincherados en la cabina, el rey del micrófono califica y descalifica, atrincherado en la gradería, los jóvenes ardientes se envuelven en los trapos que les permite disfrutar de su gloria de un instante, o de su derrota que los devuelve a una realidad que no es de 90 minutos. Allá afuera, nada esta ganado, ni nada está perdido. Todo está por construir.

Las ciudades y las sociedades crean tribus, tribus urbanas en este caso y paradójicamente, cuándo éstas se hacen presentes, nos extrañamos de su existencia. Las barras son una de estas tribus, generando una subcultura que asumen con orgullo. En la ciudad cohabitan numerosas tribus que no vemos. Pero las “barras bravas” se hacen notar por la fiesta que montan para sí y para la ciudad, por la ocupación que hacen del espacio público y también por algunos actos de violencia que se manifiestan en barrios, localidades y estadios. Pero ¿cuál es el límite que nos permite reconocer cada una de esas subculturas en las que naufragan nuestros jóvenes y esas prácticas delincuenciales que hoy nos llenan de dolor?


[i] Este texto hace parte de una ponencia presentada por el autor en el Foro: FUTBOL, BARRAS Y CONVIVENCIA: UN JUEGO DE TODOS, realizado el 22/06/2011 en IDRD

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